lunes, 13 de marzo de 2017

Leído: Pokémon: Oro, Plata y Cristal (tomos 5 a 8)

Tras la lectura de los tomos 1 a 4 de Pokémon (la serie de Rojo, Verde, Azul y Amarillo) debo confesar que la continuación en los tomos de Oro, Plata y Cristal fue una grata sorpresa. La continuidad de la historia (proseguida por Hidenori Kusaka al guión y Mato al dibujo) es una secuela que iguala a la original.

Se nos presenta a Oro, el protagonista, un joven que tiene un montón de Pokémon, marcado por su denotable arrogancia, y que empieza un viaje por la región Johto. En su viaje terminará cruzando su camino con Plata, un ladrón de Pokémon. A mitad de la serie, abandonamos a ambos temporalmente para conocer a Cristal, una experta capturadora Pokémon, quien recibe la tarea de completar la enciclopedia sobre estos, alias Pokédex. La historia nos narra cómo estos tres personajes deberán superarse a si mismos para ayudar a una región que vuelve a ser azotada por el Team Rocket, así como por un extraño personaje con habilidades de hielo, y volvemos a ver caras conocidas de las sagas anteriores, como Rojo, Azul, Misty o Brock.

Esa intercalación entre varias historias y no centrarse tanto en el protagonista funcionó muy bien en Amarillo y vuelve a funcionar aquí. Todos los personajes tienen un pasado o crisis sobre sus objetivos en la vida, las cuales se ponen a prueba a lo largo de las páginas de estos tomos.

Le tengo además cierto cariño adicional a esta parte de la historia, ya que pertenecería a la conocida "segunda generación Pokémon", mi favorita, que se desarrolla en la región Johto (también mi favorita) y tengo que admitir que me di cierta prisa con la lectura porque me tenía enganchado.

Por un lado, la historia de Oro, aprendiendo que no se puede ir por la vida atropellando a la gente, le hará plantearse qué está haciendo como entrenador; Plata, por su parte, parece tener que cerrar un capítulo de su infancia, mientras Cristal tiene sus propios problemas existenciales tras recibir su tarea. El grueso de muchas historias es precisamente ver a sus protagonistas crecer (y no que se lo den todo hecho como a Kirito) y aquí podemos ver precisamente eso...

... sin olvidarnos de Rojo, Azul, Verde y Amarillo, quienes también asoman en los momentos más tensos de la historia para enfrentarse al villano (quizá uno de los puntos flojos de la historia, que no cierran bien su círculo, precipitándolo mucho). Además, esta generación supuso de la introducción de la mitología Pokémon, la cual también es tratada y desarrollada en la historia por los Pokémon legendarios protagonistas. Una mezcla que funciona bastante bien.

Una lectura entretenida, fiel al espíritu de las primeras entregas, pero innovando a la par. Me gusta. Ahora toca ver el universo de Rubí y Zafiro.

viernes, 10 de marzo de 2017

Leído: Songokumanía: el big bang del manga, de Oriol Estrada Rangil

Ostia, si Felikis leía cosas y las reseñaba, no me acordaba. Y ha puesto en el título de la entrada el nombre del autor, con el nombre del libro en cursiva, a lo profesional.

La verdad, es raro que hasta pleno marzo no haya hecho ninguna reseña de un libro. Y eso que llevo unos cuantos leídos. El guión original de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (pero ya reseñé la película), he terminado la saga Oro, Plata y Cristal de Pokémon (que reseñaré la semana que viene), la tetralogía de Código Lyoko (para lo cual también tendría que reseñar la serie), un libro sobre materia oscura y el primero de Una serie de catastróficas desdichas (que reseñada la serie, sería simplemente como comentar el primer capítulo de la misma). Pero vamos, que podéis seguirme en GoodReads para comprobarlo. Y tras este parrafón, al lío:

"Songokumanía: el big bang del manga" es un libro de... historia contemporánea reciente en la que Oriol Estrada Rangil hace un repaso a la llegada del manga y el anime a España. Empezando un recorrido allá por los años 80, nos cuenta el boom que, para ser un proceso relativamente lento, en términos generales en realidad supuso un cambio en muy pocos años en lo referente a consumo de televisión y cómic/manga en nuestro país.

Es un libro para disfrute de dos tipos de lectores. Uno de ellos, el lector que vivió aquella época. El que creció en los ochenta, el que conoció de primera mano Dragon Ball en la televisión y que se emocionó con aquella historia del niño con cola de mono que emprendía el viaje con una chica muy inteligente en busca de las bolas de dragón que conceden cualquier deseo. Para ellos, la lectura debe ser algo así como volver a aquella época.

El segundo lector es... o somos, los que conocimos Dragon Ball muy a posteriori, ya fuera por nacimiento, o porque por alguna razón, tardó más en llamar nuestra atención, y en cuyo caso, no podemos sino sorprendernos por cómo era la cultura pop de la época, y del cambio que supuso el fenómeno de este anime, y luego manga, al llegar a nuestro país.

Mola que hablen un poco del inicio de aquello, cuando sólo se conocía el cómic europeo y americano, y sólo hubieran llegado hasta aquí casos contados como Akira, hasta lo que supondría en televisión esta serie.

No hay duda de que resulta, cuando menos, chocante como eran aquellos orígenes en las que las distribuidoras españolas prácticamente no conocían Japón, y alguien (spoiler: Màrius Bistagne) compró 26 episodios (spoiler: pensando que era la serie completa), que eran los que abarcaban desde el inicio de la aventura hasta finales (que no final) del Gran Torneo de las Artes Marciales. Todo lo que llevó consigo esa pequeña fracción del anime dio pie a la gran industria del manga y el anime que tenemos ahora en España (en honor a la verdad, hace mucho hincapié en lo que supuso en Cataluña... también es cierto que muchas veces son los que más lo viven).

Desde luego, leído el libro, casi se puede hablar de una Odisea, valga la referencia a Homero, y en vista de lo leído, creo que nunca un producto de la cultura de un país hizo tanto para la misma como supuso Dragon Ball al salir de las fronteras de Japón.

En resumen, una lectura ligera y amena que nos cuenta un poco más de aquellos años en los que se gestaba el fenómeno otaku en España. Si le tuviera que echar algo en falta, yo hubiera rellenado un poco más el libro en la parte en la que se habla de la censura que sufrió el anime, un tema que sigue en boga (especialmente para los que estamos siguiendo la emisión de Dragon Ball Super en Boing). Tiene muchos datos, cuanto menos, curiosos al respecto. Y si me tengo que poner en plan abuelo Cebolleta: "Las cosas antes sí que eran difíciles que ni había internés ni móviles". Cómo hemos cambiado.

lunes, 6 de marzo de 2017

Sword Art Online no es tan buena

Hace bastante tiempo, reseñé el anime de Accel World. El autor de la novela ligera de AW, Reki Kawahara, también es el creador de Sword Art Online. Y bajo esa premisa, me animé a verme las dos temporadas del anime.

Tengo que decir que el primer episodio de Sword Art Online me encantó. Situado unos años años antes que Accel World, narraba la aparición en el mundo de los cascos de juegos de realidad virtual, y el lanzamiento de SAO, un videojuego para esta plataforma en la cual se deben superar niveles, al estilo de los MMORPG, pero en primerísima persona. La sorpresa llega cuando, tras acabar la beta, en el lanzamiento del videojuego se desvela que Akihiko Kayaba, el creador del juego, ha hecho prisioneros a todos los jugadores, que no podrán desconectarse hasta que completen el juego. La historia sigue a Kazuto Kirigaya, alias Kirito, uno de los probadores originales del juego, que está decidido a completar el juego para poder salir.

Bajo esa magnífica premisa del 26 minutos, nos encontramos con una historia que no hace más que descender en la calidad de la historia, y lo que tenemos es una animación excelentemente cuidada sobre lo maravilloso, genial, poderoso, atractivo, imbatible y todos los adjetivos positivos posibles sobre el protagonista. En serio. No es más.

Los episodios resultan facilones y aburridos, en lo que lo más interesante es eso: ver lo bien que se han currado una animación para una historia muy por debajo de ese nivel. Kirito conoce en este arco a Asuna, quien será su compañera maravillosa, genial, poderosa, atractiva, imbatible y todos los adjetivos posibles sobre ella, formando una pareja maravillosa, genial, poderosa, atractiva, imbatible, y etecé.

Me decía un antiguo compañero de trabajo que él prefería SAO antes que AW porque "historias de protagonistas que tienen que superar una serie de dificultades hay muchas". Razón tiene, pero... diablos, ¿qué emoción tiene un argumento en que todo lo hacen con una facilidad insultante? Y más cuando aparece Asuna, momento en que los intentos pos completar SAO pasan prácticamente a segundo plano.

Es aburrida, es sosa, y su fanservice tiene la misma justificación que todo lo que ocurre en el argumento: ninguna, es un "porque sí".  Y muchas de las cosas que han ido apareciendo durante los episodios (especialmente hacia el final, cuando se vuelve totalmente insoportable) me han crispado los nervios.

Por ejemplo, cuando ves que el protagonista es tan maravilloso que...

... y que además de eso...

y cuando te das cuenta de cuánto de lo que tiene el anime merece la pena...


Pero bueno, por lo menos me echo unas risas yo solo:



Podría continuar con esta estela, pero no. No lo vale. Los siguientes arcos argumentales (que deberían cambiarle el título al anime respectivamente... aunque yo optaría por titularlo Kirito's Harem) siguen en caída constante hasta el último episodio de la segunda temporada. Ni siquiera los primeros capítulos de cada arco tienen la suficiente "chicha" como para poder enganchar.

En resumen: si no has visto Sword Art Online, puedes ahorrártelo. Hay anime de mucha mejor calidad disponible. Y si te ha gustado, pues me alegro por ti, pero no te entiendo.

viernes, 3 de marzo de 2017

Comunicación y mensajería


Orden de preferencias para comunicarme con las personas:
1. En persona (esto preferiblemente va acompañado de un café).
2. Aplicaciones de mensajería instantánea.
3. Hablar por teléfono.

Es curioso, porque estoy seguro de que mucha gente habría puesto "hablar por teléfono" antes que la mensajería instantánea, pero en mi caso no es así.

Por supuesto, mi primera elección siempre es en persona. Tener a la persona enfrente permite una conversación personal (única forma), de modo que además de la conversación en sí, tenemos el apoyo visual de la comunicación no verbal. Decimos muchas veces más con los gestos que hablando, y nos permite una comunicación insuperable.

Obviamente, en una conversación por teléfono, perdemos ese apoyo, y como mucho dependemos del tono de voz de nuestro interlocutor para saber en qué vaina nos movemos. En conversación de mensajería instantánea únicamente disponemos de un texto plano de libre interpretación. Y entonces, ¿cómo es posible que me guste más la mensajería instantánea que la conversación por teléfono?

En primer lugar, por la comodidad. Tener el teléfono pegado en la oreja es un puto rollo. De hecho, reduce mi propia expresión corporal, porque muchas veces, pese a no tener a mi interlocutor delante, tiendo a hacer los mismos gestos que hablando en persona.

En segundo lugar, por mi atención. Puedo dedicar dos horas a ver Animales fantásticos y dónde encontrarlos, o sumergirme durante un buen rato en la lectura de un libro. Pero cuando en una conversación hay un teléfono de por medio, mi mente hace las maletas y se pone a divagar. No lo hago adrede, es inconsciente

En tercer lugar, porque en definitiva no es lo mismo hablar por teléfono. Ni por asomo. Es más incómodo con diferencia. Me agota hablar por teléfono, me cansa, me hastía. Estoy hablando con una persona que no tengo delante, y al no tenerla delante, podría ponerme con más cosas en lo que prosigue la conversación, que es lo que consigo con la mensajería instantánea.

Es curioso que tanto por teléfono como en mensajería instantánea me encuentro con el mismo problema: la intervención. Porque yo soy de los que esperan a que la otra persona calle al teléfono (es algo más limitado que la conversación en persona, no se debe interrumpir), o que se fijan si el conversador está "... escribiendo" para aguardar a que acabe. Pero hay gente que no. Que les da lo mismo, como si hablaran en persona.

Sin embargo, le encuentro otras ventajas a la mensajería instantánea. Y entre ellas es que el mensaje llega rápido (y no, instantáneo no es que tengamos la obligación de responder al instante) y el interlocutor tiene todo el tiempo que quiera para procesarlo y  responderlo (o no). Te permite leer un mensaje, y contestar en el momento en que nos venga bien (aunque la sociedad parece querer malcriarnos en lo contrario), pero yo sigo a mi ritmo.

También hay veces que uno tiene que prepararse, en caso de decir algo complicado. Personalmente, pensarlo bien y escribirlo me resulta más cómodo que tener que memorizar las cosas. De igual modo, ayuda poder repasar el texto y ver si hemos dicho algo fuera de tono (cuando en el cara a cara podemos cagarla en un segundo).

Por supuesto, cada cual tendrá sus preferencias. Personalmente, me quedo con las que veo más cómodas.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Virus

No se me ocurre una palabra mejor que defina al ser humano. A lo que se ha convertido después de años y años de una evolución que debería haber sido para bien, pero ha terminado desembocando en la criatura más obscena que ha pisado la faz de la Tierra.

El ser humano no ha parado hasta la dominación completa del planeta, infectando y exterminando allá donde ha ido la huella de la civilización. Somos lo peor que le ha podido pasar a la vida en el mundo, porque para ella, hemos eliminado muchas otras. El intelecto con el cual se nos ha dotado no ha servido sino para manipular y destruir todo a nuestro paso, dando igual las consecuencias que tendrían a futuro. ¿Qué más da, si no vamos a estar ahí para verlo?

No sólo hemos destruido lo que nos "estorba". Nuestro instinto vírico se impone sobre la capacidad de pensar, y acaba de igual forma con todo lo que nos puede beneficiar. Son muy pocos los planetas en los que la vida es, teóricamente, posible. Somos tan geniales que nos cargamos las defensas del nuestro. Sin descanso, día tras día. El virus no va a parar hasta que la infección sea completa. Y para entonces ya será tarde.

El ser humano ha demostrado su crueldad con el paso de los siglos. Y aún a día de hoy, se planea llevar a una raza como esta al espacio, por instinto de supervivencia. Hay días que me cuestiono si merecemos tal honor. El espacio poblado de una civilización tan egoísta... Es una imagen que me da escalofríos.

Y no nos damos cuenta de que el virus es tan dañino que se ha vuelto en nuestra propia contra. El virus humano se ataca a sí mismo, le da igual, piensa que no le afecta. Se autoataca y autodestruye. Y si continúa así, acabará consigo mismo. No es un planteamiento que me vaya a hacer llorar, pero sí reflexionar cómo se puede ser tan tonto como para permitirse su propia aniquilación.

No sé qué llagará primero. El autoexterminio o la huída al espacio. Y si llega lo segundo, espero que la humanidad se haya desprendido de su parte virus. No repitamos tantos errores en otras galaxias.



PD: No es mi mejor entrada soltando bilis, pero tenía la necesidad de decirlo.

lunes, 6 de febrero de 2017

Desintoxicación mediática - Un mes después


Hace ya un mes dije que tenía como objetivo alejarme lo máximo posible de las noticias. No tenía interés en pasar tiempo leyendo titulares que me indignaban, noticias que me enfadaban, sucesos que me tocaban las pelotas. Y llega el momento de hacer una pequeña valoración al respecto de la experiencia:

Maravillosa.

En este mundo que el ser humano ha enmierdado, pasar un tiempo alejado de un mundo mediático también hecho mierda. Obviamente, era imposible no enterarse de algunas cosas. Pero mantenerse a una distancia prudencial ha sido algo muy positivo.

Principalmente, enterarme de tan poco ha ayudado a moderar mi enfado con las noticias. Se leen desde un punto de vista más sosegado, más racional. Siguen muchas veces tocando los cojones, pero en general, provoca bastante menos enfado, algo que sin duda debe agradecer mi sistema nervioso.

También ayuda para ver cuales son los filtros de la gente. Cuales son los temas que se hablan en más mayorías. Desconozco si eso es algo positivo o negativo, pero desde luego, la cantidad de información que me ha llegado ha sido siempre la más sonada.

Por supuesto, ahora toca volver a empaparse un poco más en lo que va sucediendo en el mundo. Pero intentando mantenerme en esta especie de estado zen en el que me encuentro. No sea que en una semana vuelva a estar desquiciado por todo lo que no me he enterado en un mes.

jueves, 2 de febrero de 2017

Una serie de catastróficas desdichas (serie de 2017)

Trece años tras la película antagonizada por Jim Carrey, Netflix nos ha presentado la serie de Una serie de catastróficas desdichas (valga la redundancia). Redundancia en este caso es una repetición de palabras para expresar una idea o concepto. Basada esta primera temporada en los 4 primeros libros de la serie (dedicando dos episodios a cada libro), el título no puede ser más acertado.

Para desconocedores del argumento, la historia habla de los niños Bodelaire: Klaus (Louis Hynes), Violet (Malina Weissman), y Sunny (Presley Smith), el bebé. Inteligentes y de familia adinerada, quedan repentinamente huérfanos tras un incencio en su casa. La noticia les es dada por el señor Poe (K. Todd Freeman), albacea de sus padres, quienes establecieron que en esta situación, deberían ir con el pariente más cercano: el Conde Olaf (Neil Patrick Harris), villano por excelencia que busca adueñarse de la fortuna Bodelaire. La historia es narrada por Lemony Snicket (Patrick Warburton), el autor de los libros, y ya desde el principio de la historia, se nos deja claro que la serie no tiene momentos felices. Y desde luego, no nos engaña.

La serie es deliciosamente cruel y absurda, y es indudable el abuso que sufren los niños Bodelaire en un mundo de adultos que no les comprenden, especialmente por lo disparatado de las situaciones. Disparatado es una palabra que significa algo que excede o sobrepasa los límites de lo común o lo ordinario. Y precisamente es en ese plano de surrealismo donde la serie tiene su fuerte, al que hay que añadir la crítica (no tan) velada a los adultos que no los entienden, y de los cuales muy pocos sienten verdadera preocupación por sus problemas.

Aunque hay que decir que el trío protagonista es un poco deus ex (pues logran salir de todos los problemas, que no hacen más que acumularse), no es nada cómodo verles en esas situaciones, en las cuales, desde este lado de la pantalla sólo puedes preguntarte: "No. ¿No? ¡No! ¿En serio? No, no puede ser. ¡¿En puto serio?!". Y sí, en puto serio. La inocencia de los adultos supera con mucho la de los niños, que deben ser espabilados para conseguir salir airosos.

Aunque debo decir que mis personajes favoritos no son los críos, sino los tres principales adultos de la serie. El conde Olaf, magistralmente interpretado por Barney Stinson Neil Patrick Harris, consigue ese tono oscuro en un personaje de apariencia ridícula, y que sin embargo, lleva la crueldad por bandera. En contraparte está el señor Poe, quien va llevando a los niños de tutor legal en tutor legal, sin detenerse a pensar en ellos: es lo que está estipulado y él tiene demasiada prisa en ascender en el banco, tanto que se traga con mucha ingenuidad las absurdas estratagemas del conde. Y por supuesto, Lemony Snicket, quien nos aconseja con frecuencia que dejemos de ver la serie en los pocos momentos felices que tiene, y que comparte con muchos personajes del reparto la costumbre de explicar una palabra, muchas veces innecesariamente. Innecesariamente es una palabra que significa algo que no es necesario,

La serie se ve rápido, y para los amantes de lo mordaz, puede ser una delicia. Hay que añadirle la ambientación a lo steampunk, que lo convierten en un placer visual y auditivo, y creo que se puede recomendar incluso a los que no les gustó la película de 2004. Esta adaptación es más pausada, y nos permite conocer mejor a ese grupo de personajes extravagantes, y su serie de catastróficas desdichas.

martes, 24 de enero de 2017

Arte perdido

Esta entrada va dedicada a todas las obras de arte que se han perdido a lo largo de los años y los siglos.

El origen de este pensamiento, al que creo que no le dedicamos bastante atención (salvo que nos toque algo así de cerca), viene a raíz de que llevando bastante tiempo administrando la Sherlock Holmes Wiki, me he topado varias veces con algunas piezas de las que se conoce la existencia, pero de los cuales, por alguna razón, se han perdido las copias existentes.

Y por supuesto, esto sólo sería la punta del iceberg. ¿Cuántas películas clásicas, auténticas joyas, han desaparecido? ¿Cuántas composiciones? ¿Cuántos libros? ¿Cuantos cuadros de artistas reconocidos? Obras del ser humano que pertenecen a la nada. Al no existir. A la desaparición. A la pérdida.

Y no sólo esas obras que se conocen pero que ya no están. ¿Y todas las obras perdidas? ¿Obras que se desconocía incluso la existencia? ¿Acaso no es triste saber que también se han llegado a perder? El ser humano es mortal y caduco, con un paso determinado por la vida, pero al crear arte, se pretende dejar una huella de bastante más duración. Es una pena que algunas de esas huellas se hayan hecho en la arena de la playa, donde una ola se ocupa de borrar su rastro.

Por supuesto, no todo son malas noticias. De vez en cuando van reapareciendo algunas de estas obras perdidas, o incluso, desconocidas (con el consiguiente trabajo de determinar su originalidad). Y eso está genial, pero sería mucho mejor que no hubiera llegado a desaparecer nunca.

Ese libro de relatos viejo de la estantería, ese DVD de una película mala como un dolor, ese cuadro que estaba en el altillo de la casa de la abuela en el pueblo... Todo eso puede tener un valor que ni siquiera conocemos, y como tal, nos deshacemos de ello.

Si pudiéramos viajar en el tiempo, la única acción que vería correcta sería rescatar todas esas obras antes de su pérdida (y probable destrucción).

Viviremos en el mundo de las ciencias, pero el arte sigue siendo una parte fundamental del ser humano, y hay que preservarlo del paso del tiempo. Y por supuesto, continuar creando. ¿Qué sería un mundo sin arte? Algo similar al escabroso Un mundo feliz, una imagen que me produce escalofríos. Necesitamos el arte.

Así que la próxima vez que la vieja colección de libros ocupe demasiado hueco en la estantería, o que no se sepa que hacer con ese rollo de películas antiguas que no puedes ver porque no tienes proyector, o que te de por usar como mantel ese lienzo que estaba en la casa cuando te mudaste, piénsalo un par de veces. Podrías estar ante la última obra de su especie.