viernes, 23 de septiembre de 2016

Nueva vida, nuevos problemas (VIII)


 (previously...
Rafa ha sido despedido del trabajo, algo que le ha dejado bastante tocado)

Lista de capítulos: I · II · III · IV · V · VI · VII

Capítulo VIII

—¿Pero qué...?

Me incorporé, y los vaqueros cayeron al suelo. Sí, eran unos vaqueros. De pronto, todo fue oscuridad nuevamente. Me habían tirado otra prenda de ropa a la cabeza. Me la quité. Una de mis mejores camisas. Bueno, de las dos que tenía.Miré a mi alrededor, y distinguí a mi primo. Continué mirando, y ahí estaba Teseo, mirándome con impaciencia.

—¡Va-mos! —dijo, separando las sílabas—. No creas que te vas a pasar el día tumbado.
 —Tengo sueño, joder —respondí—. ¿Para qué me voy a vestir? Hasta que abran la papelería para imprimir los currículum...
—Los currículum... —dijo Teseo.
—Sí. Es que me han echado.
—Lo se. Cierta persona, es decir, tu madre, me lo contó ayer, por si podía hacer algo por ti. Así que ya te estás poniendo esa camisa y ese pantalón. Los calzoncillos los eliges tú.
—¿Qué vamos, a cenar al Ritz? —bromeé.
—No, te he conseguido una entrevista. ¡Así que arreando, que es gerundio!

Tuve que poner los pies en el suelo y frotarme la cara con las manos para terminar de despejarme. ¿Que me qué? Me llegó un olor a café recién preparado, y sentí que mi cuerpo necesitaba uno con urgencia. Álex había tenido la consideración de servir tres tazas. Procuraría no ironizar sobre él en exceso ese día.

Me levanté para cambiarme, y salir bien arreglado, o como pudiera. Fui a mi dormitorio y empecé a ponerme el pantalón. Me lo tuve que volver a quitar cuando me fijé en que me los había puesto con la bragueta hacia atrás. Qué mal me sentaban los días así. Ya con el pantalón correcto, me abroché la camisa, intentando acertar cada botón con su ojal y no ponérmela "coja". Saqué de debajo de mi cama una caja en la que guardaba mis únicos zapatos, y gruñí al recordar el daño que me hacían. Pero si era una entrevista, me tocaba estar incómodo.

Volví al comedor, y encontré una taza de café esperándome, mientras Teseo y Álex ya degustaban la suya. Un papel descansaba al lado de la taza. Lo miré incrédulo. Era mi currículum. Levanté la mirada, para que alguien me explicase cómo lo habían obtenido.

—Te dejaste la sesión abierta de tu portátil... —comentó Álex—, así que aproveché para sacarte algunas copias. Como ayer se te veía tan apagado...

Mi conciencia me recriminó duramente todas las cosas negativas que había pensado sobre mi primo. Aunque fuera un metomentodo que... vale, lo estaba haciendo de nuevo. Me culpé por haber dejado la sesión abierta. Pero bueno... El día anterior podría haber desatado un apocalipsis zombi sólo con mi presencia. Si me llegan a oír gruñir me abaten a tiros. Mejor que me lo sacara él.

—Gracias —me acordé de decir—. ¿Y a qué hora es la entrevista?
—A la que yo te lleve —respondió Teseo, antes de morder una tostada—. Ya les he dicho que irías conmigo. Eso sí, a la vuelta tendrás que usar el Metro, que yo me quedaré.
—De acuerdo —dije. No tenía especial hambre. Pero me tenía que obligar a comer algo, pues el día anterior, con la tontería, apenas había probado bocado.
—Disculpad que me vaya ya, pero tengo clase —interrumpió Álex, bebiéndose su café en dos tragos—. ¡Suerte, primo! ¡Nos vemos luego!

Pilló la mochila de su cuarto y salió por la puerta. No dio vuelta de llave, pero no hacía falta, pues Teseo y yo teníamos que salir poco después. Nos encaminamos a su coche, arrancó, y empezó a conducir hacia la sede de Empre S.A., donde me entrevistarían. Estuve gran parte del camino en silencio. No era necesario hablar. Era un silencio calmado, no cargante. Y hubo que agradecer que a pesar de la cantidad de coches, el tráfico era fluido.

—Te entrevistará el de Recursos Pseudohumanos —me dijo Teseo, cuando estábamos llegando—. Tú estate tranquilo. Te explicará un poco por encima tus funciones y te hará algunas preguntas técnicas. Del tipo "¿Sabe usted hacer control alt suprimir?" o "¿Sabe cargar papel en una impresora?

Me callé. Sabía que Teseo no tenía las habilidades informáticas de su oficina en alta estima, pero me pregunté en ese momento si sería para tanto. O no. En cualquier caso, no estaba para nada tranquilo. La entrevista se alzaba ante mi como un oscuro acantilado, del cual debería saltar y acertar en el agua... u hostiarme en las rocas. Teseo aparcó el coche en las plazas exteriores. Salimos del coche.

Empre S.A. se alzaba ante nosotros, majestuosamente acristalado. No se distinguía de otros edificios cuyas paredes eran también cristal y cristal. Pero este era ese edificio, no uno más. Parecía... tan grande... tan lleno de gente... Salí de mis oscuros pensamientos con un tirón de brazo que me dio Teseo para que entrásemos. Caminé tras el, cual polluelo. Entramos en el edificio, donde nos recibió una amable recepcionista. Pero sin detenernos allí, Teseo me hizo pasar a los ascensores. Picó el botón de la segunda planta.

Los segundos se eternizaron. Pero todo llega, como el momento en que se abrió la puerta. Volví a seguir a Teseo, y me llevó ante una doble puerta de madera, a cuya izquierda se leía "PERSONAL". Llamó repetidas veces con la mano antes de abrir.

—¡Buenos días! —gritó—. ¿Está Lorenzo? —alguien le respondió—. Perfecto. Adelante, Rafa.

Entré tras él. Un hombre de pelo canoso, unos 40 años, y barba crecida se acercaba con una carpeta en las manos. Teseo hizo las pertinentes presentaciones.

—Rafa, él es Lorenzo Zobra, el jefazo de Recursos Homosapiens. Lorenzo, aquí tienes a Rafa.
—Encantado —me dijo Lorenzo, extendiéndome la mano. Hizo lo mismo.
—Yo me subo al cuchitril. Sube luego a contarme qué tal, ¿vale? —dijo Teseo, y sin esperar mi respuesta, salió a zancadas al ascensor y sube.
—Nosotros vamos abajo —propuso Lorenzo.

Una vez más me tocaba seguir a alguien por el edificio, de forma que acompañé a aquel viejoven por donde me indicaba, hasta llegar a una sala de reuniones bastante grande, con un gran ventanal. Se sentó presidiendo la mesa, y me indicó que me sentara a su lado.

—No creas que pretendo imponerte. Sólo que me gustan las vistas desde aquí —comentó mientras ordenaba papelotes. Le tuve que dar la razón, se veía un bonito parque desde donde estábamos—. Así que te llamas Rafa... veo que tienes experiencia en montaje de equipos... formación profesional...
—Sí —afirmé, cuando di por hecho que esperaba respuesta—. Estoy acostumbrado a trabajar cara al público.
—Bien, bien... Eso cuenta. Aquí una parte del trabajo del departamento informático —empezó a explicarme, mientras cogía mi currículum y lo revisaba— es la de soporte a usuarios. Me imagino que allí recibirías gente que le fallaban los ordenadores. Aquí te llamarían para ir a por ellos, en los puestos de los usuarios.

Asentí.

—¿Tienes conocimientos ofimáticos?
—Sí. Me defiendo lo suficiente.
—¿Inglés?
—A nivel técnico. Para manuales y eso.
—¿Trato con la gente?
—¿A qué se refiere con eso?
—Bueno... digamos que Teseo suele ser un poco... brusco en las formas...
—Ah, bueno... No, yo tengo paciencia. No podría haber trabajado en tienda de no ser así.
—Bien, bien... ¿conocimientos sobre dominios Windows?
—Sí.
—¿Redes?
—Algo.
—¿Configuración de servidores?
—También.

Hace una pequeña pausa. Sigue mirando papeles. Imagino que serán preguntas para medir mi nivel. Aguardo pacientemente.

—Supongamos que tienes que comprobar desde tu mesa que un equipo tiene red. ¿Qué haces?
—Pues... lanzarle un ping.
—Bien. Te llaman porque una impresora no imprime. ¿Primer paso?
—Comprobar que tiene tinta y papel.
—Perfecto —dice. Ojea un poco más—. Suponte que una empresa afiliada necesita permisos para acceder a una carpeta de nuestra red.
—Bueno... se le puede dar un usuario con permisos limitados... —digo. Parece esperar algo más en la respuesta—, o también crear una relación de confianza.
—Muy bien. ¿Y para que un trabajador pueda usar su portátil en casa, con los recursos de la red.
—Pues con un túnel VPN —aventuro.
—De acuerdo... Bien, creo que con esto es suficiente. Si quieres subir un momento a ver a Teseo, está en la sexta planta.
—Gracias —dije, mientras íbamos hacia los ascensores—. Y... ¿cuándo recibiría respuesta?
—Pues queremos haber tomado la decisión el viernes —me respondió—. Últimamente el departamento tiene un poco de trabajo y les vendría bien una mano extra.
—De acuerdo. Pues muchas gracias —dije, mientras el hombre llamaba a un ascensor de subida. Una vez dentro, picó los botones de las plantas segunda y sexta.
—Un placer, Rafa —me dijo, y me tendió la mano antes de salir hacia Personal. Yo aguardé mientras subía a la planta sexta, donde se suponía que me encontraría a Teseo.

Se abrió la puerta del ascensor. No iba a ser difícil encontrarle. A pocos pasos había una puerta, similar a la de la otra planta, en cuyo cartel se leía "INFORMÁTICA". Bueno, y debajo había un folio impreso en la misma tipografía que ponía "DEPARTAMENTO PSIQUIÁTICO". Y un poco más pequeño, "Keep away, luser". Cualquiera se animaría a hacerles una visita. Aunque bien pensado, ese podría ser el motivo por el cual tenían ese cartel adicional.

Llamé y esperé a que alguien me abriese la puerta, mientras pensaba en qué impresión les habría dado. La verdad, había sido una entrevista muy corta. Y eso podía ser muy bueno o muy malo. Y tal como me estaba yendo, me temía más que no iba a ser contratado. Me abrió la puerta Teseo, que estaba hablando por teléfono. Cuando entré, vi que sus dos compañeros también estaban hablando.

—Sí, bueno, lo que usted diga —dijo Teseo. Tenía el auricular en una mano, y el panel marcados en la otra, y por el suelo colgaba un cable largo. Más que largo, eterno—. ¿Pues sabe qué le digo yo? —y colgó dando tal golpe que me sorprendió que el aparato lo soportara—. Hay que ser duro. ¿Qué tal se ha dado? —me preguntó, mientras dejaba el teléfono en la mesa.
—Bien. Creo. No sé. Mal —dije, sin tener clara cual era la respuesta correcta.
—Bueno, no te preocupes —añadió—. Verás como te llaman. En fin, te presentaría, pero... —dejó la frase en el aire, y miró a sus compañeros—, me temo que están hasta arriba. En otro momento será.
—No te preocupes. Nos vemos pues —y le tendí la mano.
—Espera, que bajo contigo. Cambio de monitor —me dijo, y sacó un bonito TFT de 20" del armario—. Vamos para abajo.

Si bien fuimos para abajo, no cruzamos palabra en el trayecto. Yo tenía bastante con mi "runrún cabecil", y Teseo prefirió no inmiscuirse. Me preguntó si conocía la ruta de vuelta. "Tengo Google Maps", fue lo que le respondí. Con aquella herramienta calcularía la ruta en un momento.

Y así lo hice, una vez me despedí de él. Saqué el teléfono del bolsillo y busqué, desde mi ubicación, la ruta para llegar a mi calle. Perfecto. No iba a tardar demasiado. Incluso podría tener tiempo para ir a comprar y preparar algo decente de comer. Mi estómago me lo pedía a voces. Y no es bueno quedarse insatisfecho.

Aunque lo que más prisa me corría era llegar a casa y quitarme la camisa. Me provocaba urticaria. Metafóricamente, claro, pero aún así me resultaba incómodo el tacto de la prenda. Yo he nacido para camisetas. Por no hablar de la paranoia que me daba de tener gente alrededor pensando "Qué mal le queda, no sabe vestir". Intenté concentrarme en otras cosas mientras tanto.

Y fue mi teléfono el que me distrajo. Un mensaje. De hecho había varios, pero no me había enterado hasta ese momento. Aprovechando que quedó un asiento libre en una parada, me senté, pues aún me quedaba un cuarto de hora para llegar.

De: Mamá. "Mucha suerte hoy, hijo"
De: Papá. "Ánimo, campeón"
De: Abuela. "suertenieto.luegollamame"
De: Judith: "Tu primo me ha contado lo de la entrevista. Que tengas suerte ^^"

Por alguna razón, que mi primo fuera tan bocachanclas no me tocó la moral. Me resultó reconfortante que la chica me mandara ánimos. Aunque, evidentemente, eso no significaba nada. Por mucho que se empeñara mi subconsciente, yo debía tener claro que aquello no era ni una declaración, ni una invitación a salir. Fui respondiendo a todos con un "Gracias, luego te llamo y te cuento", porque no me apetecía ir hablando por el Metro, donde en cualquier momento podría perder la cobertura.

Llegado a mi barrio, fui a comprar. Me apetecía pollo a la plancha. Sólo de pensarlo se me aguaba la boca. Fui consciente, una vez más, del hambre que tenía. Así que aproveché el pasillo de los snacks para pillarme una bolsa de patatas fritas. A la mierda las calorias.
Subí a casa y empecé a preparar el pollo. No llevaría ni cinco minutos cuando recibí una llamada. No podía ser otra. Mi abuela. Descolgué, procurando no manchar el teléfono de pollo, y puse el altavoz.

—Hola, abuela —saludé, alzando un poco la voz.
—Hola, Rafa —respondió ella—. ¿Qué tal? Ya me ha contado tu madre lo de tu trabajo. Que vergüenza, de verdad. Tanto que has hecho por el y al final nada…

Hablar con mi abuela suponía muchas veces eso. Que te preguntara qué tal pero ella ya lo sabía, que por algo era el centro neurálgico de informa de la familia. Todo lo que ocurría pasaba por sus oídos y salía de sus labios. Aproveché para seguir cocinando.

—… pero menos mal que te han encontrado la entrevista. ¿Qué tal se ha dado?
—Creo que bien —dije, cuando supuse que ya había terminado de hablar—. Me han dicho que el viernes me dicen si me han cogido o no.
—Seguro que sí —otro rasgo de mi abuela. Que todos los nietos estamos a un nivel superior. Pasé de corregirla.
—Ya te contaré.
—¿Y qué tal viviendo con tu primo? Que no es capaz de llamarme siquiera, ay, el día que yo falte…
—Ya sabes cómo es. Está como siempre, en su línea.
—¿Y os lleváis bien?
—Sip.
—Me alegro, hijo. Que al fin y al cabo somos todos familia. Bueno, te dejo, que voy a hacer la comida.
—Vale. Un beso.
—Otro para ti, recuerdos a tu primo.

Terminé de preparar el pollo. Miré el reloj y me dieron ganas de llorar. Faltaba aún media hora para que llegara mi primo. Pues yo tenía hambre. Así que me fui para el salón, enchufé el disco duro, y me puse un episodio de The IT Crowd para esperar, preguntándome si, en caso de me que escogieran, el trabajo sería igual que en la serie.

Comí como si fuera la primera vez en años que lo hacía. Me pregunté si aquello realmente era hambre o ansiedad. La incertidumbre me estaba matando. Mi primo solo me preguntó cómo había ido la cosa una vez, sin querer insistirme.

Al día siguiente, por aquello de que me sobraba tiempo, aproveché la mañana para acercarme a algunas tiendas que me conocía de informática de la ciudad para dejar el currículum. Por la tarde, le di caña al InfoJobs. Ya que los primeros dias no me había movido, debía hacerlo ahora.

Sin darme cuenta llegó el viernes. No fui consciente porque esa noche dormí como un bendito. Me desperté con jet lag. Caminé en plan zombi hasta la cocina para prepararme el café.

—Buenos días —saludaron.

Miré para el comedor. Laura, Álex y Judith estaban allí, desayunando. Y yo, en camiseta y bóxer. Decidí que estaba demasiado dormido para preocuparme por las apariencias. Hice un gesto con la cabeza y emití un ruido parecido a "mgnos dias". Me reencaminé a la cocina buscando la cafetera.

Con el primer "chute" de cafeína en el cuerpo, empecé a despertarme de verdad. Pillé un par de magdalenas del armario y me senté con en el sillón, que habían dejado libre.

—Qué raro veros aquí tan temprano... —comenté, haciendo esfuerzos por entablar relaciones sociales.
—El profesor de primera hora no iba a venir, así que hemos decidido desayunar con calma —comentó Laura.
—¿No te habremos despertado? —preguntó Judith.
—No. La verdad, llevaba un rato dando vueltas en la cama. Hoy será otro día de echar currículums.
—¿Y la entrevista del otro día? Al final no me dijiste nada.

Ostia puta, pensé. Y era cierto. Al final se me había olvidado hablar con ella. Y fui incapaz de recordar en ese momento si al final había hablado con mis padres o no. Joder, qué desastre. Tardé en saber que decir.

—Lo siento... Es verdad. Se me fue la cabeza.
—No te preocupes —hablaba tan seria que no sabía si realmente estaba enfadada o -lo que me dolería más- le importaba un comino lo que yo hiciera—. ¿Cuando se supone que te darán la respuesta?
—El viernes.
—Hoy es viernes —me recordó Álex.

Eso fue lo que necesitaba para terminar de despejarme. Salté del sofá y corrí a mi cuarto. No era tarde, pero aún así... Estaba en silencio... Sin llamadas... Ni correos electrónicos... Mi corazón volvió a palpitar con normalidad. Caminé al comedor con calma, mientras ponía el sonido al aparato.

—Anda que... Vaya cabeza —comentó mi primo—. Podrías haber aprovechado para ponerte los pantalones.

Recordé que en mi Dropbox tenía aún una foto suya, durmiendo en el sofá del pueblo, en camiseta de tirantes y calzoncillos, con la babilla cayéndole. Y me tentó enseñarla. La foto. Pero no lo hice. No me apetecía que las chicas vomitaran.

—En fin... A ver si me llaman para algo bueno —dije finalmente, ignorando a mi primo. Me había acostumbrado a hacerlo cada vez que me salía con algo que me molestaba.
—Seguro que sí —dijo Laura, y me sonrió. Debí tener un error de percepción, pues juraría que mi primo arrugó la nariz un momento.
—Mejor si nos vamos yendo —soltó de pronto Judith, y se puso en pie. Se colgó la mochila.
—Buena idea —dijo mi primo, y la imitó.
—Qué prisas... en fin —aceptó Laura, y también se levantó. Dos contra uno era una pelea difícil de ganar.

Y se fueron en completo silencio. Pero apenas tuve tiempo para pensar en eso, pues mi teléfono empezó a sonar. Descolgué.

—¿Buenos días?
—Buenos días. ¿Rafa?
—Sí, soy yo.
—Hola, te llamo desde Recursos Humanos de Empre S.A. para comunicarte que te hemos admitido.

 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Cómo se estructuran los comentarios en Internet


Posponiendo una semana más una entrada de "Nueva vida, nuevos problemas" (aquel relato que empecé hace un año y terminaré allá cuando el calentamiento global deje Madrid en primera línea de playa), he estado pensando en cómo se suelen estructurar los comentarios en un artículo de Internet... y esta es la conclusión:
  1. primeeeeeeerrrrrrrr!!!!!11111
  2. primeeeeeeerrrrrrrrrrrr!!!!!1111111
  3. oh, mierda, se me adelantó :(
  4. buah, a quien le interesa eso
  5. Comentario de un autodenominado experto en la materia, que pone en tela de juicio la credibilidad del artículo.
  6. Comentario del segundo autodenominado experto, que le discute al anterior porque no tiene ni puta idea.
  7. Aquí interviene uno para apoyar a uno de los dos, sin importar cual, y sin pruebas. Normalmente se le ignora.
  8. El primer experto se envalentona y saca enlaces.
  9. El segundo experto contraataca con sus propias fuentes, y con el brazo listo para dar ostias.
  10. Aquí otro que no se entera, pero tiene que entrar en la conversación de algún modo.
  11. Otro que intente que reine la paz entre ambos expertos.
  12. Repetir los comentarios 6-9. Se puede hacer una vez más, incluso.
  13. Tras tanto bombo, el siguiente que comenta ya pasa de hacerles caso. Pero caerá víctima de un tercer experto si no se descuida. Se repiten los comentarios 6-9 pero con la nueva temática.
  14. Otro que interviene: no tenéis no puta idea.
  15. Otro más: No, tú sí que no tienes ni puta idea.
Y así... Normalmente después de todo ese jaleo ya hay comentarios "pelaos" que nadie ha hecho caso, por tardones en responder, porque la bulla ya la tienen otros.

Y ya con los hilos de Twitter te da la risa. Suelo ver los hilos más o menos así:

@usuario: Primer tuit del hilo, con intención de resumirlo en 74.
@usuario: Segundo tuit
@usuario: Tercer tuit
@fan_de_usuario: ¡Toda la razón! Laik y emegé.
@usuario_que_conoce_a_fan_de_usuario: ¡Exageras!
@usuario: Cuarto tuit
@usuario: Gracias a @fan_de_usuario
@usuario: Empieza a debatir con @usuario_que_conoce_a_fan_de_usuario sin desatender su hilo
@usuario: Quinto tuit
@persona_casual: No puedo estar #deacuerdo porque CUCHARA
@usuario_que_mira_el_hashtag_#deacuerdo: Lee todo y da RTs a placer.
Se unen más arrobas a la conversación, mientras @usuario ya ha publicado 20 tuits y sigue en debate con @usuario_que_conoce_a_fan_de_usuario.
@el_que_no_falla: ¡@usuario es feminazi!
@el_otro_que_no_falla: @el_que_no_falla tiene razón y además @usuario es comunista y podemita
@seguimos_sumando: ¡la culpa es del capitalismo! @el_otro_que_no_falla @el_que_no_falla @usuario
@usuario: Publica más tuits preguntándose por qué le están mencionando en un debate que no ha abierto.
@empresa_chachiguay_de_promo: ¡Hola, @usuario ¿No te apetece un suculento paniajo para cenar? ¡Usa nuestra #app!
@el_otro_que_no_falla bloquea a @seguimos_sumando, y con tan mala ostia que le denuncia la cuenta
Todo Twitter termina cruzando opiniones sobre el PP y Podemos mientras @usuario termina de publicar su hilo sobre el cambio de estilo de animación de ShinChan desde 1992 hasta hoy.

Y así sigue la cosa.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Frikis, fans, posers


He disfrazado a mi avatar de un personaje de DC (versión cómics que no he leído y película que no he visto) y lo voy a usar para ilustrar un post de un tema que ha empezado por Marvel. Ole mis cojones.

Stan Lee (esperad, que me voy a cubrir de ese fanboy armado que me vigila con odio) declaró hace un año y dos meses que Spider-Man no podía ser negro. ¿Motivos? "No tendría ningún problema en que originalmente Peter Parker fuera latino o negro, indio o cualquier otra, pero de serlo debería quedarse así. El caso es que originalmente hicimos a Parker blanco, y no veo por qué debería cambiar eso." Hace unos días declaró que Zendaya Coleman podría ser una buena Mary Jane: "Si ella es tan buena actriz como he oído que es, creo que ella va a ser absolutamente maravillosa. [...] El color de su piel no importa, su religión no importa, lo que importa es que sea la persona adecuada para el papel".

Dejo aquí una foto de Zendaya para que, quien no la conozca, entienda de lo que va la vaina (créditos a la Wikipedia):

Contradicciones aparte (al menos hasta que Stan diga lo mismo sobre tener un Spider-Man negro) esto ya no va sólo por Stan (y van dos veces que le llamo sólo por el nombre de pila) sino por toda esa gente que le da la pataleta cuando se cambia algún personaje, ya sea cambio de raza, religión, bando, o que es más bien delgado mientras en el original es esbelto. Mundo, estamos en la época de las nuevas versiones. De las revisiones. Del remake. De dar vuelta a todo lo que conocemos. Nos guste o no. Para lo bueno y para lo malo.

Es algo que me sorprende especialmente por parte de los lectores de cómics de Marvel y DC. Con la cantidad de universos de cada uno que ha habido en los cómics... ¿qué no es, sino "otro más", los personajes que son llevados a la gran pantalla en el cine? (esquiva el botellazo) Es lo que hay.

Estamos en el punto en que "lo viejo" ya no vale en este mundo. Ya en la ficción en general. Los personajes que aparecen en producciones tipo "Avengers" o "Suicide Squad" no son los mismos. Son una versión más de todas las que se han hecho. Y por distintas versiones se debe entender que no van a ser iguales. Compartirán rasgos, o otros cambiarán. Físicos y psicológicos. ¿Y qué hay de malo? Los universos alternativos llevan existiendo en los cómics años. Pero ahora llega Hollywood haciendo lo que mejor se le da (lo que les sale del ciruelo) y perdemos la cabeza porque "es personaje es sólo un 90% fidedigno y nunca haría eso o no se vestiría así".

Bueno, tú dices eso y te enfadaste con D. Yates por lo que hizo con "Harry Potter". Bueno, sí y no. Me refiero, no es lo mismo cuando decides adaptar la saga propiamente dicha ("Harry Potter", "The Hunger Games"), en cuyo caso se entiende que va a seguir por los mismos caminos que la original, que adaptaciones como "V de Vendetta" al cine o "The Walking Dead"a televisión.

Vale, pero te has quejado también de "Anacleto: Agente secreto" o "Zipi y Zape y el club de la canica". Así es. Pero es que ahí soy incapaz de reconocer una adaptación o una versión. Por norma general, esas cosas deben recordar en algo al original. No ser exacto. No ser calcado. Pero hay casos en que no es así. Hay casos en que se elige un nombre popular y se pone al protagonista en algo que no se acerca ni remotamente a lo que conocemos. Eso sí me mosquea, la verdad.

Y aparte de esto, que podéis considerar que tengo razón o que me equivoco, hay un tema más que quiero meter en esto. Hablo de esa guerra de fans vs posers. Esos comentarios que he visto de "Joder, se metían conmigo de niño porque me gustaban los superhéroes y ahora les gusta a todo el mundo" o "Si van a ver 'Suicide Squad' es por las tetas de la Harley". Por favor, parad. Por mucho resquemos que tengáis. No. No se hace eso, caca. Seamos evolucionados.

Que lo que antes era de "frikis" ahora le guste a una cantidad de gente mayor no es sino beneficioso. De ahí sólo puede salir algo bueno. De ahí sale que la próxima generación no va a tener que soportar los abusos de los chulos porque "mira ese que lee cómics". O bueno, será en menor medida. Pero será más gente con ese tipo de gustos.

De igual forma, los motivos que lleven a alguien a ir al cine nos tienen que importar un pedo. ¿Que ese sólo va a verle las tetas a Harley Quinn? Deja que vaya, es su dinero. Y mira, puede que le guste. Y que vaya a otras películas que también le pueden gustar, y nunca las habría visto de no ser porque "esa" le llamó por alguna razón. Coño, que yo mismo me he vuelto fanático del mundo zombie por TWD, si no, nunca se me hubiera ocurrido.

Porque a mi, lo que haga un poser, me da igual. Lo que me molesta es que me atropelle un fanático. Los que pretenden (y recalco el pretenden) mandar sobre qué puede ver cada uno o que no en base a toda la historia previa que haya de algo que vaya a salir en la tele o en el cine o en videojuego. O de un videojuego que adapten a libro. O de un elemento X adaptado a un elemento Y, en general.

Deja que la gente lo conozca por la vía que sea. Deja que la gente se empape. Y no des la barrila para que lo conozca. Sé fan, y deja que el otro se limite a que le guste. No tiene nada de malo. Comparte con esa persona ese ir al cine. Puede que le enganches. O puede que no. Pero no es plan de ir arrasando con esas personas.

El mundo del entretenimiento es eso: entretenimiento. Disfruta y no te alteres. Que no te merece la pena amargarte un estreno por ir pensando "Voy a estar rodeado de garrulos que ni siquiera conocen al verdadero 'Doctor Strange'". Porque el único que va a sentirse mal con eso vas a ser tú.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Ou may god (13)


Si hay algo que odio más que el calor son las gilipolleces. Y el calor del verano está perdurando hasta septiembre y eso me hincha las pelotas. Si a eso le sumamos que las neuronas de la gente de la oficina parece que siguen de vacaciones, porque si no, no me explico las cosas con las que me encuentro.

El caso es que estábamos en plena toma de decisiones en el departamento de informática: sobre si deberíamos ir a trabajar en bañador, sobre exigir solicitar aire acondicionado, sobre si Rafa debería actualizar su blog algún año de estos, sobre la vida en la Tierra antes de la vida, sobre dónde ir a comer... Decisiones importantes en la vida que deben ser tomadas y que pueden acarrear consecuencias funestas en caso de no elegir sabiamente.

Pero como siempre que nos ponemos a pensar en como conseguir la paz mundial, sonó el zumbidito del teléfono. Bzzzzzzz. Bzzzzzz. Lo aborrezco. Son años escuchando ese Bzzzzz Bzzzzzzzz insistente generado por alguna persona que tiene problemas para comprar entradas por internet o para imprimir camisetas por una matricial.

Sin embargo, la dirección de la empresa es buena y generosa y ha abierto un haz de luz para el departamento: la imposición del sistema de tickets por los Santos Cojones. Vamos, que todo el que nos quiera pedir algo debe pasar ineludiblemente por pedirlo por el ordenador. Y si se le ha escoñado, por el de un compañero. Pero que ya va siendo hora de que estos señores pidan las cosas como deben ser. El teléfono queda reservado para "es muy urgente". O para el propio jefe, que quien hace la ley hace la trampa, y este además nos paga la nómina nominae. Y que es el jefe. Sin más.

Así que miro el nombre que aparece en la pantalla y leo el nombre de Feliciano Mentero. Y busco en el programa de incidencias. Y no leo el nombre de Feliciano Mentero. Así que vuelvo a dejarlo sobre la mesa, mientras Guillermo y Rafa insisten en ir al Burrikin, mientras Dalia y yo preferimos un Mandonal.

Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez, en lugar del mío, el de Guillermo. Bendito sistema de saltos...

—Es un tal... Feliciano Mentero... —nos comunica.
—¿Hay ticket? —pregunto.
—Pues... no —responde, tras consultar en su móvil.
—Pues no estamos.

Sin embargo, parece que nos enfrentamos a un ser de lo más insistente. Suena también el teléfono de Dalia. Y de Rafa. Y yo cagándome en sus muelas por no ser capaz de rellenar un ticket. Que si fuera más simple se limitaría a un cuadro de texto. Y de 140 caracteres, no sea que se les funda el cerebro por pensar frases complejas.

Activo el sistema de contestador que hemos activado, sin buzón de voz. Lo programé con frases que podrían desesperar al interlocutor. "¿Ha probado a apagarlo y encenderlo otra vez?", "¿Está enchufado?", "¿Está el monitor encendido?", para terminar con la frase "¿Y has puesto un ticket?". Y confío en que recuperaremos la paz y la tranquilidad.

Pero no. Una vez decidido que comeremos en el Telepicha, volvemos a nuestras mesas. Y me topo con un correíto electrónico.

       De: feliciano@empre.sa
       Para: teseo@empre.sa, guillermo@empre.sa, dalia@empre.sa, rafa@empre.sa, informatica@empre.sa
       Asunto: Ayuda
       Mensaje: Oye, que no me respondeis el telfono.UNa pregunta.¿como puede facturar un proveesor? Gracias

Pongo los ojos en blanco al leer el correo. En serio, ¿preguntando a todo el departamento de informática por cómo facturan los proveedores? Y encima el tontopolla este.

Esto me pone malo por varias razones que voy a enumerar.
La primera, que yo no soy gestor. Ni proveedor. Cómo tengan que hacer su trabajo no es mi puto problema saberlo.
La segunda, que lamentablemente en nuestro oficio esta directriz a todo el mundo se la suda. Y quieren que sepamos y que ayudemos a la gente con esas mierdas que nos debieron enseñar en clase justo los días que faltábamos porque nos poníamos malos.
La tercera, que hay un puto manual que hemos distribuido hasta la saciedad para que los proveedores sepan cómo deben hacer las facturas, explicado paso a paso con pantallazos.
Y la cuarta, que este tío lleva los suficientes años en la empresa como para poder ayudar él a los proveedores, que es su maldito trabajo, y que se lo hemos explicado alguna vez ya. Pero ni por esas.

Le envío el PDF con las instrucciones para proveedores, para que se lo envíe y se le atragante el ancho de banda. Ya me han puesto de mala ostia. Al siguiente que me venga con alguna gilipollez, me lo como. Sin sal ni nada

En ese momento llega un aviso al programa de incidencias. Un alta de usuario. Miro los adjuntos... el formulario de alta correctamente cumplimentado. Qué bien. Por lo general, la gente no se lleva bien con guardar los cambios después de editar el documento. E imprimir en PDF para algunos es un hándicap. Pero está todo correcto.

Pues no. Hay algo ahí que no me cuadra. "Solicita un Mac". ¿Comorl? ¿Desde cuando? Marco presto el teléfono de Recursos PseudoHumanos. Responden al quinto tono. Perfecto.

—¿Teseo?
—Mismamente. ¿Qué es eso de que la nueva alta pide un Mac?
—Ah, pues eso. Que quiere usar Mac. Que son mejores, y que lo quiere.
—Y eso lo ha decidido...
—La dirección. Parece que se lo aprobaron. Cuando las entrevistas.
—Bueno, pues si hay permiso, hay permiso. Ahora se lo bajaré.

Quien dice "ahora" dice que me voy a tirar mi tiempo con el Mac. Levanto el culo de la silla y abro el armario de la segunda mano. PCs y PCs acumulados que se han quedado obsoletos, y que que bien tenemos para "ir tirando" en caso de rotura, o para arañar componentes para otro ordenador. Síndrome de Diógenes Informático, o algo así. Y entre tanto PC, un Mac. De las que la caja pesa un muerto, y los componentes, otro. Arreo con la máquina y la dejo sobre mi mesa. Delicadamente. El terremoto no pasó de la provincia. Joder, lo que cuesta mover este bicho.

Me tiro un rato configurando el bicho. Lo primero, comprobar que los datos del viejo usuario (como no, de Diseño) ya no estaban en la máquina. Luego le copio los accesos para que pueda acceder al dominio de Windows así como copiarle los accesos a las aplicaciones para que remotamente se ejecuten en Windows sin que ella lo note. Una ñapa de la leche, y una infrautilización de cojones, pero qué sabré yo. Si dice que Mac es mejor, es mejor. No se para qué, pero lo es.

Luego subo el cacharro al carro que tenemos para llevar cosas sin dejarnos las vértebras. Le añado el monitor, teclado, ratón, de la misma marca, y subimos donde se supone que se va a poner a trabajar la nueva máquina orgánica. No ta. Pues mejor. Le dejo todo montado, y me voy volviendo al cuchitril.

Apenas me siento en mi sitio, entra un ticket en la cola. El mejor que he visto en la vida.

        Categoría: Otros
        Problema: AYUDA

Y sin despeinarse. Y porque el programa tiene un login que nos informa de quién es la incidencia, que si no, cualquiera se anima a ir llamando uno por uno. Decido que lo mejor es eliminarlo. Me da igual quien lo haya puesto. Pero mi mano no se ha acomodado al tacto del ratón cuando suena el teléfono. Feliciano. Obviamente.

—Cofradía del Quadcore, ¿ha probado a apagar y encender otra vez?
—¡Oye!
—Oyo.
—¿Con quien hablo?
—Conmigo.
—Ah, pues escucha.
—Mal que me pese. ¿Quién eres?
—Feliciano. ¿Y tú?
—No, yo no lo soy —ya que me va a hacer perder el tiempo... demos el doble de lo que recibimos.
—Ah, pues escucha. Que el proveedor me dice que no funciona.

Guardo silencio durante medio minuto. Suspiro profundamente.

—¡Oye!
—Que oyo, digo.
—¡Que no me respondes!
—Porque con tanta información me pierdo. ¿Qué proveedor, qué no funciona? ¿El de la máquina de café, que se le ha roto? ¿El de las chucherías? ¿La furgoneta que reparte el pan?
—No, uno que nos tiene que poner la factura.
—¿Y qué le pasa?
—Pues que no funciona.

Me tienta. Me tienta mucho colgarle. O apagarle el equipo en remoto, que desestresa mucho.

Thanks, Captain Obvious. ¿Qué es lo que no le funciona?
—Que no puede entrar.
—Te he mandado el manual hace media hora —le recuerdo. En este rato han aparecido más tickets en cola.
—No, si se lo he mandado.
—¿Entonces? —pregunto. Dalia se asigna una tarea.
—Pues que no le funciona.
—¿Pero ha hecho lo que pone? —Guillermo se asigna otra tarea.
—Me dice que sí.
—Vale, dame cinco minutos.

En lo que Rafa se asigna el ticket que queda, le echo un vistazo a la aplicación que entregamos a los proveedores. Busco la información del que provee. Meto sus datos en la aplicación, que tiene dos usuarios y claves de paso. Funciona. Salgo. Entro de nuevo. Me manejo por ella, y veo lo que tiene pendiente de facturar. Como me imaginaba, funciona. Lo hago ahora siguiendo el manual/guía borricos que les preparamos, que apenas difiere de cómo lo he hecho. Marco la extensión de Feliciano.

—Oye, que la aplicación va genial. Te la reenvío con el manual de nuevo para que se lo mandes.
—Vale, gracias. ¿Y si le falla?
—Pon otro ticket —le indico. En ese momento aparece uno más en la cola—. ¡Pero todavía no!
—¡No, si yo no he sido! ¡Te dejo que tengo que trabajar!

Y a mi también me gustaría, criatura, pero que no hay forma. Abro el ticket.

        Categoría: Mac
        Problema: Mi nueva compañera, Mac Dalena, solicita ayuda de un informático con respecto a su Mac. Gracias.

Mi intuición femenina me dice que estoy a punto de conocer a la solicitante del Mac. Y que me voy a reír. Pero bueno, vayamos para allá. Por suerte, con el sistema de tickets tenemos la ubicación de quién nos solicita las cosas. Como cuando llaman por teléfono se piensan que sabemos quienes son, dónde se sitúan, y la relación que tienen con sus padres, decidí aprovechar la base de datos de Recursos Infrahumanos para saber dónde ir.

—¡Oye, ven un momento! —dice un zombie que sale a mi paso. Ah, no, es un humano entrajeado, encorbatado, y engominado.
—Voy un prisa, pon un ticket...
—¡No puedo! ¡No enciende mi ordenador!
—Pues llama y que te lo miren, a mi me reclaman para...
—¡Por favor!

Ostias. "Por favor". ¿Qué querrá decir eso? Dispuesto a conocer el lenguaje extraño en que me habla, le sigo para su habitáculo. Mira nervioso hacia mi, y a su ordenador. Me acerco. Botón power. Nada, vale. Desenchufo. Cada puesto dispone de 6 enchufes. Monitor, torre, lámpara, y tres adicionales para el cargador del móvil o que jueguen a meter los dedos. Lo pongo en otro. Ah, pues tampoco. Ni el monitor tiene el led encendido. Y la lámpara...

—Bueno, pues esto no lo puedo arreglar.
—¡No jodas! ¡Pues vaya un informático!
—Es que tu problema no es informático.
—¿Cómo que no? ¡Si no se enciende!
—Claro. ¿Y la lámpara?
—Tampoco. ¿Y eso que tiene que ver?
—Que se te han jodido los enchufes, macho. ¿No se te habrá caído agua?
—¡No! —me responde, poniéndose colorado.
—Bueno, es igual. Que te busquen al de mantenimiento.
—¿No lo puedes arreglar tú? —me pregunta con cara de cordero degollao.
—Pues no, lo siento en el alma —mentira. No lo siento y sí tengo conocimientos de electricidad. Pero si se lo arreglo el de mantenimiento va al paro.

Con paso ceremonioso me acerco de nuevo a mi objetivo, intentando esquivar los posibles poyaquestásaquí, pensando en ponerme un cartel en plan "Libre/Ocupado" como los taxis para ir por la oficina. Me llego al puesto de Dalena. Una mujer de unos treinta años de cara normal, cuerpo normal, vestuario normal... La típica persona que te cruzas por la calle y no le das importancia porque es "normal". Al lado, su compañera, que si la memoria no me falla se llama Yolanda, alias Layoli. Ambas me esperan con los brazos cruzados.

—Buenos días, ¿que pasa? —les pregunto, metiendo las manos en los bolsillos.
—Aquí, Macda, que te quiere preguntar unas cosas —dice Layoli, como si fuera su intérprete.
—Pues tú dirás —digo, mirando a "Macda" y balanceándome sobre mis pies.
—Que me enseñes a usar esto —me suelta. Con el mismo tono de voz del que se queja del olor a mierda.
—¿"Esto" qué?
—El cacharro este. Que no sé cómo va.
—Que el MEV me libre de hacer prejuicios, pero... ¿para qué me pides un Mac si no sabes usarlo?
—¡Porque son mejores, lo dice todo el mundo! ¡Yo pensaba que esto era como Windows pero mejor!

Con toda la educación que consigo reunir, le explico que por mis cojones le voy a explicar a usar un Mac, que le voy a poner un ordenador con Windows, y de paso que ni se le ocurra pensar que le voy a liberar el iPhone. Por si se le ocurre. Le doy un telefonazo a Rafa para que me traiga un ordenador de los que tenemos en el armario, de esos que ya hemos formateado y tienen todo listo para trabajar. Entre los dos tardados tres minutos en quitar el mamotreto del Mac que monté antes y dejar el puesto normal operativo. Mac Dalena y Layoli desaparecieron hace rato. Habrán ido a cafetear. Y eso me da envidia.

—¿Un café? —le pregunto.
—Vale. Pero han llamado preguntando por tí.
—¿Quien?
—Un tal... No se qué Mentero... No recuerdo el nombre.
—Bueh. Pasando. Me imagino que no ha puesto ticket.

Nos fuimos a la máquina del café, y sale primero mi café y luego el de Rafa. El primer trago lo tomamos en silencio. El trago me recuerda por qué suelo bajarme al bar en lugar de beber este sucedáneo de café con sucedáneo de leche. Pero bueno. Por un día...

—¿Cómo se va dando la mañana? —le pregunto.
—Bien. Bastante que hacer, la verdad. Pero así me entretengo.
—Bueno, para eso también tenemos acceso a Netflix. Y con fibra óptica —le recuerdo.
—Sí, esta tarde, que después de comer es cuando hay menos trabajo.
—Porque se echan la siesta estos cabrones —bromeo. Me termino el chupito de café—. Y por cierto, ¿qué tal con Judith?

Pero antes de que me pudiera informar al respecto, se abrió la puerta del departamento de Gestión. Un hombre de cincuenta años, canoso, arrugado y manchas de sudor en las axilas de una camisa pasada de moda viene a por mí. Lamento mi suerte por no poder usar la teletransportación.

—¡Teseo! ¡Menos mal! ¡Te he llamado un millón de veces!
—Dudo mucho que hayan sido tantas. ¿Qué te pasa, Feliciano?
—¡Que el proveedor no puede entrar!
—¡Pon un ticket!
—¡Ven!
—¡Pon un ticket!
—¡Ven!
—¡Pon un ticket!
—¡Teseo, por favor, que la factura lleva un año sin cobrarse!
—Pues poca prisa ha tenido el cabrón —comento. Me giro a Rafa—. Luego subo. Voy a ver qué le pasa al gestor.

Acompaño al frenético Feliciano. Llega mucho antes que yo, por supuesto, pero me gusta caminar despacio. Localizo una silla vacía y la arrastro para ponerme a su lado.

—A ver, alma de cántaro, ¿qué le pasa?
—Mira, esto.

El proveedor ha tenido la idea de enviarle un pantallazo. Guay. La pantalla de login en la primera validación. Y parece que está bastante claro el problema.

—Eso es que no lo esta haciendo bien.
—Mentira, él dice que lo esta haciendo bien.
—¿Y a quién vas a creer? ¿A mi o a el? —le reto. Parece dudar—. Mira.

Saco el programa. Saco el manual. Lo abro todo. Sigo las instrucciones leyendo en voz alta. Quizá demasiado alta. Me la pela. Vuelve a funcionar. Parece que le he convencido. No el todo, pero queda demostrado que funciona.

—No está metiendo bien las credenciales. Que tenga cuidado con el usuario y la contraseña. Que las ponga a mano sin copiar y pegar. Que lo ponga primero en el Bloc de Notas para verificar que está bien.
—Pero...
—Si vuelve a tener problemas, que ponga un ticket.

Me levanto y subo de nuevo al departamento. Quizá ahora pueda sacar un rato para ir documentando el cableado, que lo toco tan poco que apenas recuerdo cómo lo tenía hecho. Y hay cables que sustituir...

—¡Oye, Teseo!
—¿Eh? —me giro. Una camisa con corbata me habla.
—Un pregunta, ¿tu no tendrás una copia de las llaves de los cajones?
—... —tardo unos segundos en digerir la burrada—. ¿Cómo?
—Es que me la he dejado en casa, y como los informáticos lo guardáis todo...
—Claro, ahora te a mando en ZIP para que la extraigas... —ironizo.

Qué por que tendré yo que tener copias de la llave de la gente. O saber cuáles son sus armarios (verídicos). Pero bueno, me queda el consuelo de que en nuestras cuatro pareces estaremos tranquilos y en paz, a salvo de burradas y atendiendo a lo importante...

Inocente de mi. Hay voces en el despacho. Y entro. Los dos responsables de Comercial, discutiendo con Dalia.

—¿Qué son esas voces?
—¡Hombre! ¡A tí te andábamos buscando, responsable del departamento de IT! —me dice uno con un tono que me dieron ganas de partirle una silla en el cuello.
—¿Y qué puede hacer este responsable de IT por estos responsables de Comercial? —pregunto, armándome de paciencia.
—Que dice Dalia que no nos va a hacer lo que hemos pedido.
—¿Y qué habéis pedido?
—¿No lo sabes?
—No. Como soy tontito...
—Pues mira.

Veo como con su pezuña le da la vuelta al monitor de Dalia. Un ticket. Lo leo. Que les movamos los ordenadores y las mesas a su nuevo despacho.

—Bueno... no pasa nada —digo, sorprendido por la negativa de Dalia, pero ya lo arreglaría con ella—. Os los desmontamos, y cuando tengáis las mesas, os los ponemos.
—No, no, no —dice el segundo, que parece ser más tonto que el primero—. Nos lo tenéis que mover todo.
—Los cojones.

Silencio. No se esperaba la contestación. Le sostengo la mirada. Él parece más concentrado en mi frente. Me daría miedo si fuera un robot con lásers.

—¿Por qué no?
—Porque de eso se ocupa el de mantenimiento de desmontar, y los del almacén de moverlo.
—Dicen que no pueden. Están ocupados cargando y descargando.
—Cuando tengan tiempo entonces.
—Es que estamos recibiendo un montón de materias que deben pasar a fabricación, y hasta la semana que viene no podrán —dice el primero. Como si me importara.
—Pues la semana que viene.
—¡Pues tiene que ser hoy!
—¡De acuerdo! —acepto. Se quedan ojipláticos—. No os preocupéis. Id a tomar un café, y en seguida estará hecho.
—¡Hombre, gracias! ¡Por fin se puede contar contigo!
—¿De dónde a donde os tenemos que mover? —pregunto, sacando el plano del edificio.

Me lo explican sonrientes. Y se van. Se van contentos. Contentos porque han puesto sus pelotas encima de las mías. Porque sé quienes son y que me pueden buscar la ruina. Bueno... más bien la risa. Me voy con Dalia al sitio donde están ahora, con una sola ventana que ilumina toda la estancia, y desmontamos. Luego vamos a su nuevo habitáculo, en un rincón amplio, con dos ventanales desde los que se ve la ciudad entera y parte de la siguiente. Montamos las cosas y nos subimos, echándonos unas risas.

—Sí, sí, yo se lo... ¡Teseo! —dice Guillermo al verme entrar. Tiene el teléfono en la oreja—. ¡Toma, es para tí!
—Gamelo —digo al auricular.
—¡Teseo! ¡Oye!
—¿Lo cualo de que, Feliciano?
—Que ya, que ya ha podido entrar.
—Ahm.. ¿y que era?
—Pues que me ha dicho que no se estaba leyendo el manual.

Joder... Hijo de un mandril y una hiena... El tiempo que le hacen perder a uno.

—Pues me alegro. Ale, que usted lo gestione bien.

Y cuelgo. Ay, qué estrés. Qué dolor de cabeza. Qué caídas en la cuna tuvieron algunos humanos para quedarse así de tontos.

Cuando llega la hora de comer nos bajamos a disfrutar de la pizza. Guillermo y Rafa se ríen cuando les contamos lo que ha pasado con los Comerciales. Así, con mayúsculas.

A la hora de subir, tenemos visita. Otra vez ellos. Los Comerciales. Antes de que hablen me tengo que reír. Me sale de dentro. Les pregunto con la mirada qué pasa.

—¿Vosotros de qué vais?
—Nosotros de nada. De hacer nuestro trabajo.
—¡Y una leche! ¡Eso no es trabajar! ¡Venid ahora mismo!

Sonriente, les acompaño a su habitación ventana-dual. Guillermo, Dalia y Rafa me siguen. Vamos a pasarlo bien en compañía, coño. Entramos al despacho. Y miro mi obra de arte.

—¡¿Lo ves?! ¡¿Qué es esto?! —me pregunta con evidente enfado.
—Pues vuestros ordenadores, claro —respondo en tranquilidad.
—¡¿Y las mesas?! —dice el otro, con el rostro desencajado.

Y es que sólo llevamos sendos ordenadores. La caja, el monitor, teclado, ratón, teléfono, y el cable de red. Y como no había mesas, los dejamos en el suelo, cableamos todo bien, y nos fuimos.

—Yo que sé, chico, ¿habéis hablado con los del almacén?
—¡Que están ocupados! ¡Y encima el de mantenimiento está de baja!
—Pues entonces tenéis dos opciones: u os esperáis aquí a que os traigan las mesas, u os volvemos a poner el ordenador donde estaba antes.

Al final decidieron esperar una semana a que se les pudiera mover en condiciones. Que no es normal que la gente asocie el ser informático con mover muebles, saber dónde están los armarios de cada uno, tener copias de llave, cambiar una bombilla, arreglar la pata coja de la mesa, o mirar el grifo que suena raro.

Necesito vacaciones, o que alguien me pegue la gripe. Quiero descansar.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Nano

¿Qué tendrá Robin Cook, un doctor que escribe novelas, para enganchar a un informático, que sólo entiende de virus no orgánicos? Pues a mi que me engancha, incluso cuando pone de protagonista a un ser irritante.

Pues mi lectura más reciente, interrumpida por el periodo estival, ha sido Nano. Publicado en 2012, secuela de su novela anterior Polonio 210. Hay que admitir que puede no ser la mejor novela de Cook. Pero quizá no tanto como para que en GoodReads la estén  con 1 o 2 estrellas los más recientes. Yo un poco más, por llevar la contraria. Y porque suelo disfrutar más de lo que leo. O de casi todo lo que leo.

Entrando en materia, Nano es una novela que nos re-presenta a Pia Grazdani, trabajando para la corporación Nano, dedicada a la nanotecnología médica. Su trabajo es lo único que parece preocuparla, más allá de relaciones sociales y tener vida fuera del trabajo. Además, Pia es la denominación de cabezota (como nota, es su personalidad lo que más he visto que irrita a la gente, pero en mi caso... no sé, es ficción, mola).

A la vez, Pia es cortejada acosada por su jefe, Zachary Berman, fundador y director de Nano, un hombre acostumbrado a salirse con la suya y que la experiencia al ver a su familia consumida por el alzheimer lle llevó a entrar en el campo de la medicina para luchar contra dichas enfermedades con la nanotecnología. La financiación y los medios los obtiene del gobierno chino.

El meollo de la historia empieza el día en que Pia, al salir por los caminos montañosos que rodean Nano, se topa con un corredor chino tendido en el suelo, muerto. Llamando a emergencias, el chino termina despertando como si no pasara nada. En Urgencias, conoce al doctor Paul Caldwell, momentos antes de que el personal de Nano se presente allí, reclamando la custodia del corredor chino. Pia empieza a ver algo extraño en el modo de funcionar de su empresa y decide investigar.

Como argumento, se podría decir que "uno más", pero aún así se trata de una lectura amena y movistar. Pia también está acostumbrada a conseguir lo que quiere, y hace todo lo que puede (y más de lo que debe) para averiguar qué secretos esconde Nano, para lo cual deberá aprender a manejar a su jefe, que parece perdido por ella.

Ya al margen de la historia propiamente dicha, Cook siempre deja en sus textos el debate moral sobre el uso de según qué tecnicas y qué ensayos para "el bien común", como se ve reflejado en los constantes intentos de Berman de que sus ensayos funcionen y pueda aplicar su tecnología al campo que más le preocupa. Los límites de la moral. Que por supuesto, cada cual tendrá los suyos (aunque hay unos que están "socialmente aceptados y normalizados").

Nano constituye a su modo de un toque de atención sobre este tema, así como explorar las posibilidades que tiene la nanotecnología en el campo de la medicina, tales como extirpar tumores y demás elementos dañinos del organismo, entre otros posibles usos, así como de las consecuencias de querer actuar libremente sin nadie que nos de apoyo o le brindemos nuestra confianza.

Grande, Cook. Y cómo me revienta no poder hacer reviews en condiciones destripando el argumento, cohone.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Como fue (o me imagino) la compra de lol:-) por parte de Mediaset


Pues así es como me lo imagino. En serio, nunga antes un programa de humor me ha hecho menos gracia. Y eso que he leído el programa electoral del PP.

(ya, ya se que esto no tiene nada que ver con lo que suelo publicar, pero tenía que decirlo...)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Windows, Linux y la informática en general


Que después de mucho tiempo preguntándome qué escribir, o si debería tirar la toalla, o dedicarme a otros géneros, me ha venido la inspiración en un ramalazo de mala leche, de esos que amenazan con sacar el lado más oscuro de uno mismo y empezar a responder con groserías a todo, gradualmente, para evitar el estallido final. Pero bueno. Quizá con esto logre cierto desahogo.

Podría haber puesto esta entrada en palabras de Teseo fácilmente, por aquello de que voy a hablar de informática, pero no me pareció justo. Es un personaje que intento usar de escotilla del humor, de ridiculizar ciertas situaciones que me han pasado (o he visto, o me han contado, que de todas las experiencias se aprende).

En cualquier caso, me he dado cuenta de la transición gradual y casi sin darme cuenta del uso de Windows a Linux. Allá por cuando empecé la Formación Profesional (la cual me ha demostrado que tiene carencias que deben ser suplidas por cursos complementarios, al menos en el campo de las IT), fue cuando empecé a tener contacto con Linux propiamente dicho. Antes de eso, apenas había usado un par de veces MAX (que no Mac), una distro de Linux creada para la Comunidad de Madrid.

Aquel contacto en la FP fue... Realmente malo. Fue con Ubuntu. Y aún a día de hoy me sorprende que sea el Linux "para principiantes", que la gente que decide pasarse a Linux prueban con Ubuntu, les gusta, y tiran pa'lante. No me gustó Ubuntu. Ni me gusta. Aquella interfaz tan fea, aquella acumulación de comandos, que para lo que necesitaba hacer en una máquina Windows había que configurar el triple de cosas, que tampoco me lo supieron vender.... Un cúmulo de cosas que me hizo quedarme en la plataforma de Microsoft por mucho tiempo.

Pero al final, querer dedicarme a Sistemas fue más hacia adelante, y llegó el momento de volver a probar Linux. Ese momento fue cuando mi netbook (aquellos portátiles pequeños con hardware ultrarecortado) con Windows XP empezó a dar problemas. Windows 7 era demasiado pesado para una máquina así (comprobado). Ergo había que buscar algo más ligero, que aumentase la vida útil de aquel cacharro. Pues tocaba Linux.


Había pasado el suficiente tiempo para darle otra oportunidad, y ver si en aquel gran lapso de tiempo la cosa había ido a mejor. Y así fue. Probando la distro openSuse, versión 13.1, por recomendación de un amigo. Y aquel portátil volvió a funcionar como el primer día.

Si existe el amor a primera vista, debe haber algo similar con el tema de los entornos de escritorio. KDE se ha convertido desde aquel entonces en mi elección por defecto para los Linux (lo siento, Gnome, pero KDE es más bonito y no consume tanta RAM como queréis hacernos creer). Y ahí empecé a familiarizarme con un entorno más adaptado para el usuario corriente, y a la vez explorando un poco más allá lo que se podía hacer con ese sistema.

Ya no existían (o no he llegado a percibir) esas carencias que detectaba un par de años atrás. El sistema estaba preparado para suplir el uso de sistemas de pago. Y eso en un aparato que estaba por los tres años de uso, y aún tenía tirón para rato.

Otro tanto pasó cuando mi viejo Pentium D empezaba a colgarse usando 7. Fue el momento de pasarlo a opensuse 13.1 también. Otro portátil terminó recibiendo openSuse 13.2.

Actualmente he cambiado de ordenador. Los portátiles han quedado relegados a "me voy a poner una película en el salón mientras consulto unas cosas por internet". Android es demasiado vulnerable a ataques de virus para que sea una opción factible usar la tablet. El mundo de los ads nos ha jodido. Y en este ordenador tengo una instalación dual. Esto es que conviven en el mismo disco duro un Windows, y la versión más nueva de openSuse, la 42.1.

¿Por qué? Porque a pesar de sus errores, Windows es un sistema relativamente estable. Y digo relativamente porque tiene carencias. Igual que Linux. openSuse me cubre las necesidades básicas del día a día con total fiabilidad, pero lugo hay herramientas que necesito que están en base Windows. Y me funcionan también. Y hay veces que me pego días intentando resolver por qué tengo cierto problema en Linux, y lo saco. Y otras que Windows me trae de cabeza con actualizaciones, o haciendo lo que le sale de las narices sin que tenga constancia de ello.Pero he conseguido el equilibrio entre ambos a nivel personal.

A nivel profesional, la cosa cambia un poco, pues en los entornos laborales que he conocido se trabaja en base Windows. Y se puede. Y funciona. Y para el trabajo ofimático de la oficina seguro que les funcionaría mejor usar el formato abierto de LibreOffice, y usar el correo de Thunderbird. Porque he usado esos formatos y he visto las virguerías que pueden  hacer. Pero bueno, yo no he montado el entorno, sólo he llegado y me toca amoldarme a él.

Y la amoldación suele consistir en enviar a los usuarios a tomar café mientras intentar averiguar qué tiene de raro una hoja de cálculo, o un correo, para que a la hora de hacerle scroll se quede colgado cuando la RAM está apenas a la mitad. O en la necesidad de un diccionario usuario-informático/informático-usuario (una de las cosas que no te enseñan en clase).

Pero en cualquier caso, he visto cosas que se pueden montar en los respectivos sistemas. Y me han gustado. Y me molaría poder montar algún día un entorno híbrido del que sacar lo mejor de ambos sistemas. Porque a pesar de terminar la mitad de los días harto, hastiado, cansado, molesto, misántropo, con dolor de cabeza, y con ganas de mandar todo al carajo, me gusta mi trabajo.

Tengo una de las profesiones más chulas que existen. Tenemos cacharros variados que probar cada día. Podemos montar cualquier cosa, por sobrante que parezca, por el mero hecho de que podemos. Y podemos montárselo a algún colega. Y se nos pueden hinchar los cojones cuando la amistad de convierte en "voy a tener un informático gratis". Que disfrutamos de nuestro trabajo, pero no vamos a permitir que abusen de ello. Bueno, salvo en el entorno laboral, pero como ahí nos pagan, nos duele un poco menos.

Y podemos buscar ayuda en foros cuando algo se nos atasca, o ayudarnos entre nosotros, o cuando hemos hecho de todo, buscar algo más que no se nos haya ocurrido a ver si logramos montarlo o no.  Mientras que un médico no puede llevarse un paciente a casa para operarle y estudiarle, o un carnicero no va a filetear un cerdo en el comedor de su casa. Los asesinos en serie ya tal.

En resumen: que el balance de los pros y los contras parece equilibrado. Pero al final, el gusto por el "puedo hacer esto, aquello y lo de más allá" inclina la balanza a favor de lo positivo. Que se puede convivir entre Windows y Linux. Y qué a gusto me he quedado soltando todo esto, coñe.