miércoles, 8 de febrero de 2017

Virus

No se me ocurre una palabra mejor que defina al ser humano. A lo que se ha convertido después de años y años de una evolución que debería haber sido para bien, pero ha terminado desembocando en la criatura más obscena que ha pisado la faz de la Tierra.

El ser humano no ha parado hasta la dominación completa del planeta, infectando y exterminando allá donde ha ido la huella de la civilización. Somos lo peor que le ha podido pasar a la vida en el mundo, porque para ella, hemos eliminado muchas otras. El intelecto con el cual se nos ha dotado no ha servido sino para manipular y destruir todo a nuestro paso, dando igual las consecuencias que tendrían a futuro. ¿Qué más da, si no vamos a estar ahí para verlo?

No sólo hemos destruido lo que nos "estorba". Nuestro instinto vírico se impone sobre la capacidad de pensar, y acaba de igual forma con todo lo que nos puede beneficiar. Son muy pocos los planetas en los que la vida es, teóricamente, posible. Somos tan geniales que nos cargamos las defensas del nuestro. Sin descanso, día tras día. El virus no va a parar hasta que la infección sea completa. Y para entonces ya será tarde.

El ser humano ha demostrado su crueldad con el paso de los siglos. Y aún a día de hoy, se planea llevar a una raza como esta al espacio, por instinto de supervivencia. Hay días que me cuestiono si merecemos tal honor. El espacio poblado de una civilización tan egoísta... Es una imagen que me da escalofríos.

Y no nos damos cuenta de que el virus es tan dañino que se ha vuelto en nuestra propia contra. El virus humano se ataca a sí mismo, le da igual, piensa que no le afecta. Se autoataca y autodestruye. Y si continúa así, acabará consigo mismo. No es un planteamiento que me vaya a hacer llorar, pero sí reflexionar cómo se puede ser tan tonto como para permitirse su propia aniquilación.

No sé qué llagará primero. El autoexterminio o la huída al espacio. Y si llega lo segundo, espero que la humanidad se haya desprendido de su parte virus. No repitamos tantos errores en otras galaxias.



PD: No es mi mejor entrada soltando bilis, pero tenía la necesidad de decirlo.

lunes, 6 de febrero de 2017

Desintoxicación mediática - Un mes después


Hace ya un mes dije que tenía como objetivo alejarme lo máximo posible de las noticias. No tenía interés en pasar tiempo leyendo titulares que me indignaban, noticias que me enfadaban, sucesos que me tocaban las pelotas. Y llega el momento de hacer una pequeña valoración al respecto de la experiencia:

Maravillosa.

En este mundo que el ser humano ha enmierdado, pasar un tiempo alejado de un mundo mediático también hecho mierda. Obviamente, era imposible no enterarse de algunas cosas. Pero mantenerse a una distancia prudencial ha sido algo muy positivo.

Principalmente, enterarme de tan poco ha ayudado a moderar mi enfado con las noticias. Se leen desde un punto de vista más sosegado, más racional. Siguen muchas veces tocando los cojones, pero en general, provoca bastante menos enfado, algo que sin duda debe agradecer mi sistema nervioso.

También ayuda para ver cuales son los filtros de la gente. Cuales son los temas que se hablan en más mayorías. Desconozco si eso es algo positivo o negativo, pero desde luego, la cantidad de información que me ha llegado ha sido siempre la más sonada.

Por supuesto, ahora toca volver a empaparse un poco más en lo que va sucediendo en el mundo. Pero intentando mantenerme en esta especie de estado zen en el que me encuentro. No sea que en una semana vuelva a estar desquiciado por todo lo que no me he enterado en un mes.

jueves, 2 de febrero de 2017

Una serie de catastróficas desdichas (serie de 2017)

Trece años tras la película antagonizada por Jim Carrey, Netflix nos ha presentado la serie de Una serie de catastróficas desdichas (valga la redundancia). Redundancia en este caso es una repetición de palabras para expresar una idea o concepto. Basada esta primera temporada en los 4 primeros libros de la serie (dedicando dos episodios a cada libro), el título no puede ser más acertado.

Para desconocedores del argumento, la historia habla de los niños Bodelaire: Klaus (Louis Hynes), Violet (Malina Weissman), y Sunny (Presley Smith), el bebé. Inteligentes y de familia adinerada, quedan repentinamente huérfanos tras un incencio en su casa. La noticia les es dada por el señor Poe (K. Todd Freeman), albacea de sus padres, quienes establecieron que en esta situación, deberían ir con el pariente más cercano: el Conde Olaf (Neil Patrick Harris), villano por excelencia que busca adueñarse de la fortuna Bodelaire. La historia es narrada por Lemony Snicket (Patrick Warburton), el autor de los libros, y ya desde el principio de la historia, se nos deja claro que la serie no tiene momentos felices. Y desde luego, no nos engaña.

La serie es deliciosamente cruel y absurda, y es indudable el abuso que sufren los niños Bodelaire en un mundo de adultos que no les comprenden, especialmente por lo disparatado de las situaciones. Disparatado es una palabra que significa algo que excede o sobrepasa los límites de lo común o lo ordinario. Y precisamente es en ese plano de surrealismo donde la serie tiene su fuerte, al que hay que añadir la crítica (no tan) velada a los adultos que no los entienden, y de los cuales muy pocos sienten verdadera preocupación por sus problemas.

Aunque hay que decir que el trío protagonista es un poco deus ex (pues logran salir de todos los problemas, que no hacen más que acumularse), no es nada cómodo verles en esas situaciones, en las cuales, desde este lado de la pantalla sólo puedes preguntarte: "No. ¿No? ¡No! ¿En serio? No, no puede ser. ¡¿En puto serio?!". Y sí, en puto serio. La inocencia de los adultos supera con mucho la de los niños, que deben ser espabilados para conseguir salir airosos.

Aunque debo decir que mis personajes favoritos no son los críos, sino los tres principales adultos de la serie. El conde Olaf, magistralmente interpretado por Barney Stinson Neil Patrick Harris, consigue ese tono oscuro en un personaje de apariencia ridícula, y que sin embargo, lleva la crueldad por bandera. En contraparte está el señor Poe, quien va llevando a los niños de tutor legal en tutor legal, sin detenerse a pensar en ellos: es lo que está estipulado y él tiene demasiada prisa en ascender en el banco, tanto que se traga con mucha ingenuidad las absurdas estratagemas del conde. Y por supuesto, Lemony Snicket, quien nos aconseja con frecuencia que dejemos de ver la serie en los pocos momentos felices que tiene, y que comparte con muchos personajes del reparto la costumbre de explicar una palabra, muchas veces innecesariamente. Innecesariamente es una palabra que significa algo que no es necesario,

La serie se ve rápido, y para los amantes de lo mordaz, puede ser una delicia. Hay que añadirle la ambientación a lo steampunk, que lo convierten en un placer visual y auditivo, y creo que se puede recomendar incluso a los que no les gustó la película de 2004. Esta adaptación es más pausada, y nos permite conocer mejor a ese grupo de personajes extravagantes, y su serie de catastróficas desdichas.

martes, 24 de enero de 2017

Arte perdido

Esta entrada va dedicada a todas las obras de arte que se han perdido a lo largo de los años y los siglos.

El origen de este pensamiento, al que creo que no le dedicamos bastante atención (salvo que nos toque algo así de cerca), viene a raíz de que llevando bastante tiempo administrando la Sherlock Holmes Wiki, me he topado varias veces con algunas piezas de las que se conoce la existencia, pero de los cuales, por alguna razón, se han perdido las copias existentes.

Y por supuesto, esto sólo sería la punta del iceberg. ¿Cuántas películas clásicas, auténticas joyas, han desaparecido? ¿Cuántas composiciones? ¿Cuántos libros? ¿Cuantos cuadros de artistas reconocidos? Obras del ser humano que pertenecen a la nada. Al no existir. A la desaparición. A la pérdida.

Y no sólo esas obras que se conocen pero que ya no están. ¿Y todas las obras perdidas? ¿Obras que se desconocía incluso la existencia? ¿Acaso no es triste saber que también se han llegado a perder? El ser humano es mortal y caduco, con un paso determinado por la vida, pero al crear arte, se pretende dejar una huella de bastante más duración. Es una pena que algunas de esas huellas se hayan hecho en la arena de la playa, donde una ola se ocupa de borrar su rastro.

Por supuesto, no todo son malas noticias. De vez en cuando van reapareciendo algunas de estas obras perdidas, o incluso, desconocidas (con el consiguiente trabajo de determinar su originalidad). Y eso está genial, pero sería mucho mejor que no hubiera llegado a desaparecer nunca.

Ese libro de relatos viejo de la estantería, ese DVD de una película mala como un dolor, ese cuadro que estaba en el altillo de la casa de la abuela en el pueblo... Todo eso puede tener un valor que ni siquiera conocemos, y como tal, nos deshacemos de ello.

Si pudiéramos viajar en el tiempo, la única acción que vería correcta sería rescatar todas esas obras antes de su pérdida (y probable destrucción).

Viviremos en el mundo de las ciencias, pero el arte sigue siendo una parte fundamental del ser humano, y hay que preservarlo del paso del tiempo. Y por supuesto, continuar creando. ¿Qué sería un mundo sin arte? Algo similar al escabroso Un mundo feliz, una imagen que me produce escalofríos. Necesitamos el arte.

Así que la próxima vez que la vieja colección de libros ocupe demasiado hueco en la estantería, o que no se sepa que hacer con ese rollo de películas antiguas que no puedes ver porque no tienes proyector, o que te de por usar como mantel ese lienzo que estaba en la casa cuando te mudaste, piénsalo un par de veces. Podrías estar ante la última obra de su especie.

miércoles, 18 de enero de 2017

Engranajes

El funcionamiento del mundo es como el de una máquina. Miles de millones de engranajes, funcionando juntos... para uno o varios entes. La máquina se ha forjado durante el número de años suficientes para que parezca que ha avanzado. Pero no avanzamos. Llevamos años en que la inteligencia del homo sapiens, que nos había permitido mejorar la vida de la gente, ha pasado simplemente a construir nuestros propios placebos. No hay más pasos hacia adelante. O es que la vida se me hace demasiado lenta. Pero si ese es el caso, y el siguiente paso va a estar mejor que nosotros, les envidio.

Porque la máquina en la que trabajamos se ha construido tan bien, tan perfecta, que tiene una tolerancia a fallos brutal. Los engranajes contribuimos a su funcionamiento cumpliendo nuestro cometido. Ese cometido hay muchos que lo viven voluntariamente, pensando que hacen lo correcto en hacer funcionar una máquina que simplemente se está aprovechando de ellos. Y si llegan a pensar, piensan que han nacido para que se aprovechen de ello. El cometido también lo podemos vivir resignados, maldiciendo que no se actuara a tiempo. Nos gustaría que la guerra hubiera acabado hace tiempo, pero nada más lejos de la realidad.

¿Pero por qué he dicho que la máquina tiene esa tolerancia a fallos? Porque está diseñada incluso para el grupo de engranajes libres, aquellos cuyo pensamiento va más allá del que puede tener un simple engranaje habituado a hacer su tarea. El diseño ha permitido que cuando un engranaje intenta luchar a contracorriente, funcionando en sentido inverso, el resto continúen operando sin que puedan percibirle. Y no es el único engranaje. Muchos a su alrededor pueden intentar girar en sentido inverso, y lo consiguen... Pero por alguna razón, eso permite a la máquina continuar funcionando. En cualquiera de los sentidos, la máquina no se inmuta y prosigue.

Los dueños de la máquina saben muy bien cómo manejarla. Conocen la debilidad de los engranajes, especialmente de los más fieles. Si deben mover un grupo de engranajes donde hay otro, se ocupan de afilarles los dientes a sus seguidores, para que estos puedan hacer daño con sus giros a los engranajes recién llegados, destrozándolos. El buen trato que puedan recibir de los engranajes nobles no logra paliar ni por asomo el efecto de destrucción de los engranajes que defienden estar donde están por derecho sin que nadie vulnere la posición de cada uno, ignorantes de que no son los recién llegados los que han pedido el traslado.

Y así funciona la máquina con todos los engranajes que osan a ser diferentes. Si alguno de los engranajes decide romper las normas previamente establecidas, también se persigue. Muchos engranajes que estaban juntos han sido eliminados de la ecuación. Y los dueños de la máquina saben cómo jugar con todos sus soldados para que esto pueda continuar.


Divide et vinces, Julio César.

Lástima que aquella frase la escucharan los jefes de la máquina y no los engranajes. La división entre los engranajes del sistema es más latente que nunca. Observo horrorizado a mi alrededor. La lucha entre engranajes. Iguales contra iguales que parecen no ponerse de acuerdo hacia dónde funcionar.

¿Qué clase de demonio pudo crear una máquina en la que la falta de coordinación entre los engranajes provoca que el sistema les funcione mejor que nunca? No creo en lo sobrenatural, pero también creo que el diablo es real. Es alguien también en apariencia engranaje, y sin embargo, ha sabido jugar muy bien la partida teniéndonos a su disposición.

Existe una caldera que representa el enfado del colectivo de  los engranajes. Esa caldera se llenó de presión durante mucho tiempo, hasta el punto en que ha empezado a desbordar. El aire a presión ha empezado a escapar por los cierres de la caldera. No es hermética... Y sin embargo, no revienta. Está llena y desbordada. Pero se sigue llenando a la misma velocidad que se va vaciando. Porque en su gran sabiduría, el jefe de los engranajes colocó una segunda caldera, para que se llenase con el enfado de sus engranajes favoritos, y evitando así el colapso al que tanto teme.

Está claro que siguiendo las reglas de la caldera la situación no va a cambiar. Las reglas están tan bien diseñadas que es imposible salirse. Hace demasiados años estamos jugando bajo las mismas normas que me hacen cuestionarme seriamente el diseño inteligente de los humanos. Puedo creer en el diseño inteligente de algunos humanos. Concretamente, de los que se han adueñado de la máquina. ¿Existen más inteligentes que ellos? Es posible. Pero ya no es un tema de inteligencia. Es de desmanipulación, y de cómo combatirla.

lunes, 16 de enero de 2017

Sherlock - Cuarta temporada

Sherlock es de esas series que dejan huella. Llevábamos desde 2014 esperando la cuarta temporada de una serie que prometía mucho, y que ha cumplido las expectativas creadas.

Por si no es elemental, la siguiente entrada va a tener SPOILERS muy gordos. Vuelve atrás sin leer una palabra más ;)

En realidad, no hemos esperado "tanto", ya que esta cuarta temporada vio sus orígenes en el episodio especial del año pasado La novia abominable. Un episodio que nos situaría en la época del canon holmesiano, la Inglaterra Victoriana, donde vimos a unos resueltos Holmes y Watson conociéndose (una vez más) e intentando resolver el misterio de Emelia Ricoletti: una mujer que se quitó la vida, pero resucitó. ¿Casualidad? Para nada. Jim Moriarty volvió al final de la tercera temporada, y Sherlock debía resolver el caso, para lo cual usó su palacio mental e intentar resolver ese caso no concluido de 1895, mostrando un maravilloso viaje entre aquella época y la nuestra. Sherlock Holmes es, al fin y al cabo, un personaje atemporal.

Te he dicho que había SPOILERS y te acabo de destripar el episodio 4x0. ¡Que no leas más si no quieres enterarte, coño!

Volviendo al tema, eso lo tuvimos el año pasado, y poco a poco se creó expectación ante una temporada que empezó denominándose "más oscura", y que terminó bajo la premisa de "Ya no volverá a ser un juego". Y debo decir, ahora que acabo de terminar con el último episodio hace unos minutos, que no tenían razón. En parte.

Y ahora voy a darle caña a los tres episodios de esta temporada antes de irme a dormir. No voy a revisar el texto, y te lo voy a destripar. Por última vez: no sigas.

Y el 1 de enero (2 en España, cortesía de Netflix) vimos Las seis Thatchers. Un episodio devastador. Empezó realmente fuerte la temporada. Y eso que al empezar el episodio parecía que nos encontrábamos con un caso más bien similar al de El banquero ciego, un episodio desenfadado en que no veríamos nada especialmente relevante. Pero nada más lejos de la realidad. De un golpe (en el suelo), todo tiene sentido: el hombre que Sherlock busca por dedicarse a destrozar bustos de Margaret Thatcher era un miembro de A.G.R.A., el equipo de agentes de élite al que pertenecía Mary Morstan años antes de conocer a John.

La carrera por intentar salvarla no es especialmente larga, y puede recordar en parte a esos procedimentales en que se da algunos palos de ciego hasta que llega la resolución final: un culpable nunca sospechado, y una muerte menos esperada... al menos en lo que respecta al inicio de una temporada. Mary nos abandonó de pronto, de un modo tan frío que despertó la ira de mucha gente. Pero debía ser así. Algo que pareciera irreal. Me encuentro conforme con ese resultado.

¿Qué tienen los segundos episodios de temporada de Sherlock para que siempre se plantee como un relleno? Es el que está en medio, y ya sea de mejor o peor calidad (Banquero, Baskerville, Signo) siempre ha sido el episodio "de relleno". El detective mentiroso, basado muy acertadamente en El detective moribundo, nos muestra precisamente a eso: a un Sherlock en estado deplorable mientras John Watson, herido y dolido, se niega a hablar con el amigo a quien culpa de la muerte de Mary.

El episodio es realmente muy psicodélico, sumergiéndonos en la mente afectada por las drogas de un John que al fin y al cabo, sigue siendo su amigo. Aunque el aplauso especial del episodio se lo lleva la señora Hudson, porque por fin se ha hecho valer, pero el episodio nos demuestra que Sherlock es, al fin y al cabo, humano, y que comete errores que lo pueden echar todo a perder.

Sin embargo, el episodio no termina cuando "debería". Unos minutos adicionales nos trajeron la "bomba" del episodio, en más de un sentido. John, quien había cambiado de terapeuta, se encuentra con que ella resulta ser... Eurus. Eurus Holmes. La hermana secreta de Sherlock y Mycroft.

"No soy dado a fraternalismos. Acuérdese del otro", decía Mycroft al final de la tercera temporada. El otro. El otro. Sherrinford Holmes, el teórico hermano mayor de Mycroft y Sherlock (el cual nunca fue canon pero os invito a leer sus orígenes aquí). La ambigüedad del idioma inglés ("the other") tampoco especificaba que "el hermano" sería "una hermana", pero en todo momento se dejó caer que el tercer Holmes sería hombre. Pues no. Eurus, "el viento del este".

Y ya te había dicho que te iba a contar lo que pasaba. Y has leído hasta aquí. Espero en serio que me hayas hecho caso. No te quiero desvelar el final.

Y hace apenas unos momentos he disfrutado, sufrido, y varias emociones más cuyo nombre no me sé, con El problema final. ¿Declaración de intenciones para finalizar la serie? Da igual.

El episodio final de temporada es "un no parar". Sherlock ha descubierto que tiene una hermana secreta, y con ayuda de John, le prepara una trampa a Mycroft para que le hable de Eurus: una niña un año menor que Sherlock, pero que superaba a este (y aunque lo niegue, también a Mycroft) en inteligencia y manipulación, y cuyos maquiavélicos actos le costaron el encierro (y una mentira a sus padres sobre la muerte de la muchacha) en una isla perdida. Joder, qué Harry Potter les ha quedado eso. Cuando Mycroft pone en duda que Eurus se fugase de Sherrinford (guiño), el 221B es amenazado por una bomba con sensor de movimiento. Sherlock, Mycroft y John deberán ir a Sherrinford e intentar conocer el pasado de Eurus, en un juego al más estilo Saw...

Pero que no pierde la esencia de la serie. No pierde la puta esencia. Es una serie de continuidad. De evolución. De cambio. No es un The Big Bang Theory que se toman varias temporadas en producir cambios. Aquí cada episodio es un paso enorme al siguiente, y Sherlock y John han avanzado juntos hacia aquí. El todo. Mycroft lo advierte al inicio del episodio, y lo ha cumplido de forma espectacular.

No voy a especificar como termina, pero creo que ha sido el mejor cierre de ciclo. Que no de serie. Si han podido hacer todo esto, pueden hacer más temporadas. Pero ha estado a la altura, y es, sin duda, el mejor episodio de la serie, donde vemos cómo les han afectado al trío protagonista (porque Mycroft al fin y al cabo, siempre estaba ahí) ese paso a paso que han dado para ponerse a prueba.

La temporada ha sido diferente, sin duda. Pero en absoluto ha sido mala. La crítica se ha cebado, creo que injustamente, con la evolución de la serie. Y digo creo porque no veo que tengan razón. Que también puedo ser yo el fanático equivocado, pero si me pongo racional... es que tenía que ser así. No podían dirigir a este punto la serie y que se desarrollase de otra forma. Y les aplaudo.

Y toda esa gente en plan... "Es que Sherlock ahora parece James Bond". Venga, por favor. No hay cosa relacionada con la ficción policíaca o de espionaje que no tenga alguna inspiración mínima en el personaje de Sherlock Holmes. Tenéis un puto documental al respecto de toooooooodo lo que ese personaje ha supuesto como una revolución en muchos campos. ¿Nos vamos a poner ahora tan fisnos? Por favor. No lloriqueéis con que la serie no ha sido de vuestro agrado. Hay cosas más vitales en la vida que una serie. Sherlock es un placer para la vista y el oído. Por supuesto que se puede discernir, por supuesto que te puede no gustar, pero el infantilismo que ha tenido la crítica y el fenómeno fan con la serie ha estado totalmente fuera de lugar.

Y antes de irme a dormir, que ya va siendo la hora, sólo me queda esperar a poder comentar, aunque sea en algunos años, la quinta temporada de la serie.

martes, 10 de enero de 2017

Una ROM de Android me acaba de decepcionar



Pensaba que nunca llegaría el día. He usado Android desde hace casi 7 años, y por lo general, cada nueva actualización mejoraba la experiencia de la anterior. He manejado un número finito de versiones: 2.3 y 4.0 (en un Sony Ericsson), 4.1 (en un Sony-no Ericcson), 4.4 y 5.1 (en mi Xiaomi).

Bueno, pues resulta que he tenido que pegarme con uno de estos Xiaomi para conectarlo al PC.

No debería ser nada del otro mundo. En todos los Android que he tenido (y en algún otro que me ha tocado echar una mano) bastaba con entrar en los Ajustes, Almacenamiento, y por ahí había una opción que permitía activar o desactivar el MTP (que básicamente es lo que hace que tu ordenador reconozca el móvil como un pendrive y le puedas meter fotos, música y bolas chinas). El procedimiento para activar eso es más simple que sumar 2 y 2.

Pues ¡ay!. ¡Ay!, amigos, ¡ay!. Qué dolor tengo en mi alma. MIUI, la ROM de Android que se actualiza cada semana, que permite trastear el mayor número de opciones sin necesidad de rootearlo, que te permite un control casi completo de todo el teléfono, que se lleva por delante todas las capas de personalización de la competencia... no lo tiene.

Es casi imposible de encontrar. Por defecto, cuando conectas por primera vez el móvil a un PC, te sale siempre un mensaje emergente que permite activar o desactivar el MTP. Pues los señores MIUI decidieron que, una vez desactivado por primera vez, ya no volvería a aparecer la opción para activarlo de nuevo. ¡Qué visionarios!

Pero insisto. Es un ecosistema Android. Debería haber alguna forma de solucionar un error tan grave (y este problema, pasándole a mucha gente, parece que no lo arreglan en ninguna actualización, manda cojones). Pero haberlas, haylas... O eso parecía.

Se supone que cierta app de la Play Store permite acceder a este menú... Pues no. No me lo permitió. Igualmente hay otra app que permite crear "atajos", y se le puede indicar la ruta del modo "Conexión USB a ordenador"... Pero tampoco ha funcionado.

Y mientras espero que algún buena fe me responda en el foro de Xiaomi a ver qué puedo hacer, me vengo aquí para maldecir que de todas las opciones posibles que podían faltarle a MIUI, ha tenido que ser precisamente esa. ¿Por qué? ¿Por qué tanto odio, por qué?

Borde

(iba a poner también al Sherlock de la BBC, pero no soy capaz de plasmar sus rizos en el Paint)

Por algún motivo, tengo cierta fijación en los personajes ficticios que podrían clasificarse bajo la etiqueta de "bordes". Sin filtro alguno, soltando groserías, sin que (por norma general) ese comportamiento contraproducente les acaree algún problema en sus vidas. Forma parte de ellos, y la gente a su alrededor ha parecido aceptarlos como una verdad ineludible.

House, Sherlock Holmes, Sheldon Cooper... son muchos los ejemplos que podría citar de "bordes carismáticos", pues no podríamos tolerar a alguien así en nuestro día a día, pero disfrutamos viéndolos en pantalla. Y sin embargo, al menos en mi caso, me puedo llegar a sentir cautivado por poder vivir de esa forma.

Dejando de lado que en mi cerebro no tengo un equipo de guionistas tan bueno como para soltar los cortes que estos personajes sueltan en cada episodio, no es la primera vez que pienso que estaría bien poder vivir así...

Me toparía con un problema: todos son los ases en su campo. ¿Esperaron a tener renombre para ser bordes? ¿O es algo que les ha acompañado desde el principio? ¿La experiencia puede llegar a amargarte de esa forma? ¿Puede acaso buscarse esa personalidad y entrenarla?

Pero retomándolo, esa vida de borderías lleva algo implícito: la soledad que suele acompañarles. Y sin embargo, en esa ficción, resulta que pinta bien incluso. Se puede llevar una vida a base de zasquear a la gente y aislado del calor humano de los demás. Una posición cómoda, desde la cual es más difícil llevarse palos emocionales. Pensándolo fríamente, sería una opción de vida muy válida para vivir sin problemas.

Pensándolo congeladamente, en cuanto eres un poco listo te das cuenta de que esa felicidad en la que viven apenas es real. Es un autoengaño. Quizá un autoengaño consciente que provoca el círculo entre ser borde y vivir engañado y jodido.

Y no son pocas las veces que uno ha pensado en tener ese tipo de comportamiento... a modo puntual. Hay gente con la que he hablado, y entre líneas (imaginarias) he leído que querían una humillación verbal contundente. Pero el respeto, o la cobardía, me lo han impedido. Lástima. No puedo alegrarme por ello. Quería hacerlo, y no fue así.

¿Podría existir un término medio? ¿Una forma de mantener cerca a la gente, mientras que con los idiotas* con los que nos encontramos podamos quedarnos a gusto con una buena grosería? ¿O quizá la bordería es algo tan adictivo que dejaríamos de discernir y acabar como esos personajes, alejando a la gente que nos importa, y entrando en ese bucle infinito?